Omayra Torres, a quien el antropólogo miraba de reojo a cada
rato, impresionado por su opulenta belleza.
—Nada me gustaría más, señorita, pero...
—Doctora Torres —lo interrumpió la médica.
—Puede llamarme Ludovic —aventuró Leblanc con
coquetería.
—Llámeme doctora Torres —replicó secamente ella.
—No podré llevarla, mi estimada doctora. Apenas hay
espacio para quienes hemos sido contratados por el
International Geographic. El presupuesto es generoso, pero no
ilimitado —replicó Leblanc.
—Entonces ustedes tampoco irán, profesor. Pertenezco al
Servicio Nacional de Salud. Estoy aquí para proteger a los
indios. Ningún forastero puede contactarlos sin las medidas de
prevención necesarias. Son muy vulnerables a las
enfermedades, sobre todo las de los blancos —dijo la doctora.
—Un resfrío común es mortal para ellos. Una tribu
completa murió de una infección respiratoria hace tres años,
cuando vinieron unos periodistas a filmar un documental. Uno
de ellos tenía tos, le dio una chupada de su cigarrillo a un indio
y así contagió a toda la tribu —agregó César Santos.
En ese momento llegaron el capitán Ariosto, jefe del
cuartel, y Mauro Carías, el empresario más rico de los
alrededores. En un susurro, Nadia le explicó a Alex que Carías
era muy poderoso, hacía negocios con los presidentes y
generales de varios países sudamericanos. Agregó que no tenía
el corazón en el cuerpo, sino que lo llevaba en una bolsa, y
señaló el maletín de cuero que Carías tenía en la mano. Por su
parte Ludovic Leblanc estaba muy impresionado con Mauro
Carías, porque la expedición se había formado gracias a los