—Bien. En ese caso no hay más que hablar. Espero que
encontremos a la Bestia, si no este viaje será inútil —comentó
Timothy Bruce, el fotógrafo.
—Confíe en mí, joven. Tengo experiencia en este tipo de
animales y yo mismo he diseñado unas trampas infalibles.
Puede ver los modelos de mis trampas en mi tratado sobre el
abominable hombre del Himalaya —aclaró el profesor con una
mueca de satisfacción, mientras indicaba a Karakawe que lo
abanicara con más bríos.
—¿Pudo atraparlo? —preguntó Alex con fingida inocencia,
pues conocía de sobra la respuesta.
—No existe, joven. Esa supuesta criatura del Himalaya es
una patraña. Tal vez esta famosa Bestia también lo sea.
—Hay gente que la ha visto —alegó Nadia.
—Gente ignorante, sin duda, niña —determinó el profesor.
—El padre Valdomero no es un ignorante —insistió Nadia.
—¿Quién es ése?
—Un misionero católico, que fue raptado por los salvajes y
desde entonces está loco —intervino el capitán Ariosto. Hablaba
inglés con un fuerte acento venezolano y como mantenía
siempre un cigarro entre los dientes, no era mucho lo que se le
entendía.
—¡No fue raptado y tampoco está loco! —exclamó Nadia.
—Cálmate, bonita —sonrió Mauro Carías acariciando el cabello
de Nadia, quien de inmediato se puso fuera de su alcance.
—En realidad el padre Valdomero es un sabio. Habla
varios idiomas de los indios, conoce la flora y la fauna del
Amazonas mejor que nadie; recompone fracturas de huesos,