EL CHAMÁN
Borobá dio un salto y se encaramó a los hombros del viejo,
tironeándole las orejas; su ama lo separó de un manotazo y el
anciano se echó a reír de buena gana. A Alex le pareció que no
tenía un solo diente en la boca, pero como no había mucha luz,
no podía estar seguro. El indio y Nadia se enfrascaron en una
larga conversación de gestos y sonidos en una lengua cuyas
palabras sonaban dulces, como brisa, agua y pájaros. Supuso
que hablaban de él, porque lo señalaban. En un momento el
hombre se puso de pie y agitó su corta lanza muy enojado, pero
ella lo tranquilizó con largas explicaciones. Por último el viejo se
quitó un amuleto del cuello, un trozo de hueso tallado, y se lo
llevó a los labios para soplarlo. El sonido era el mismo canto de
lechuza escuchado antes, que Alex reconoció porque esas aves
abundaban en las cercanías de su casa en el norte de
California. El singular anciano colgó el amuleto en torno al
cuello de Nadia, puso las manos en sus hombros a modo de
despedida y enseguida desapareció con el mismo sigilo de su
llegada. El muchacho podía jurar que no lo vio retroceder,
simplemente se esfumó.
—Ése era Walimaí —le dijo Nadia al oído.
—¿Walimaí? —preguntó él, impresionado por ese extraño
encuentro.
—¡Chisss! ¡No lo digas en voz alta! Jamás debes
pronunciar el nombre verdadero de un indio en su presencia, es
tabú. Menos puedes nombrar a los muertos, eso es un tabú
mucho más fuerte, un terrible insulto —explicó Nadia.
—¿Quién es?