EL PLAN
Esa noche Alexander Coid durmió sobresaltado. Se sentía
a la intemperie, como si las frágiles paredes que lo separaban de
la selva se hubieran disuelto y estuviera expuesto a todos los
peligros de aquel mundo desconocido. El hotel, construido con
tablas sobre pilotes, con techo de cinc y sin vidrios en las
ventanas, apenas servía para protegerse de la lluvia. El ruido
exterior de sapos y otros animales se sumaba a los ronquidos
de sus compañeros de habitación. Su hamaca se volteó un par
de veces, lanzándolo de bruces al suelo, antes que recordara la
forma de usarla, colocándose en diagonal para mantener el
equilibrio. No hacía calor, pero él estaba sudando. Permaneció
desvelado en la oscuridad mucho rato, debajo de su mosquitero
empapado en insecticida, pensando en la Bestia, en tarántulas,
escorpiones, serpientes y otros peligros que acechaban en la
oscuridad. Repasó la extraña escena que había visto entre el
indio y Nadia. El chamán había profetizado que varios
miembros de la expedición morirían.
A Alex le pareció increíble que en pocos días su vida
hubiera dado un vuelco tan espectacular, que de repente se
encontrara en un lugar fantástico donde, tal como había
anunciado su abuela, los espíritus se paseaban entre los vivos.
La realidad se había distorsionado, ya no sabía qué creer. Sintió
una gran nostalgia por su casa y su familia, incluso por su
perro Poncho. Estaba muy solo y muy lejos de todo lo conocido.
¡Si al menos pudiera averiguar cómo seguía su madre! Pero
llamar por teléfono desde esa aldea a un hospital en Texas era
como tratar de comunicarse con el planeta Marte. Kate no era
gran compañía ni consuelo. Como abuela dejaba mucho que
desear, ni siquiera se daba el trabajo de responder a sus
preguntas, porque opinaba que lo único que uno aprende es lo