que uno averigua solo. Sostenía que la experiencia es lo que se
obtiene justo después que uno la necesita.
Estaba dándose vueltas en la hamaca, sin poder dormir,
cuando le pareció escuchar un murmullo de voces. Podía ser
sólo el barullo de la selva, pero decidió averiguarlo. Descalzo y
en ropa interior, se acercó sigilosamente a la hamaca donde
dormía Nadia junto a su padre, en el otro extremo de la sala
común. Puso una mano en la boca de la chica y murmuró su
nombre al oído, procurando no despertar a los demás. Ella
abrió los ojos asustada, pero al reconocerlo se calmó y
descendió de su hamaca ligera como un gato, haciéndole un
gesto perentorio a Borobá para que se quedara quieto. El
monito la obedeció de inmediato, enrollándose en la hamaca, y
Alex lo comparó con su perro Poncho, a quien él no había
logrado jamás hacerle comprender ni la orden más sencilla.
Salieron sigilosos, deslizándose a lo largo de la pared del hotel
hacia la terraza, donde Alex había percibido las voces. Se
ocultaron en el ángulo de la puerta, aplastados contra la pared,
y desde allí vislumbraron al capitán Ariosto y a Mauro Carías
sentados en torno a una mesita, fumando, bebiendo y hablando
en voz baja. Sus rostros eran plenamente visibles a la luz de los
cigarrillos y de una espiral de insecticida que ardía sobre la
mesa. Alex se felicitó por haber llamado a Nadia, porque los
hombres hablaban en español.
—Ya sabes lo que debes hacer, Ariosto —dijo Carías.
—No será fácil.
—Si fuera fácil, no te necesitaría y tampoco tendría que
pagarte, hombre —anotó Mauro Carías.
—No me gustan los fotógrafos, podemos meternos en un
lío. Y en cuanto a la escritora, déjame decirte que esa vieja me
parece muy astuta —dijo el capitán.
—El antropólogo, la escritora y los fotógrafos son
indispensables para nuestro plan. Saldrán de aquí contando