exactamente el cuento que nos conviene, eso eliminará
cualquier sospecha contra nosotros. Así evitamos que el
Congreso mande una comisión para investigar los hechos, como
ha ocurrido antes. Esta vez habrá un grupo del International
Geographic de testigo —replicó Carías.
—No entiendo por qué el Gobierno protege a ese puñado de
salvajes. Ocupan miles de kilómetros cuadrados que debieran
repartirse entre los colonos, así llegaría el progreso a este
infierno —comentó el capitán.
—Todo a su tiempo, Ariosto. En ese territorio hay
esmeraldas y diamantes. Antes que lleguen los colonos a cortar
árboles y criar vacas, tú y yo seremos ricos. No quiero
aventureros por estos lados todavía.
—Entonces no los habrá. Para eso está el ejército, amigo
Carías, para hacer valer la ley. ¿No hay que proteger a los indios
acaso? —dijo el capitán Ariosto y los dos se rieron de buena
gana.
—Tengo todo planeado, una persona de mi confianza irá
con la expedición.
—¿Quién?
—Por el momento prefiero no difundir su nombre. La
Bestia es el pretexto para que el tonto de Leblanc y los
periodistas vayan exactamente donde nosotros queremos y
cubran la noticia. Ellos contactarán a los indios, es inevitable.
No pueden internarse en el triángulo del Alto Orinoco a buscar
a la Bestia sin toparse con los indios —apuntó el empresario.
—Tu plan me parece muy complicado. Tengo gente muy
discreta, podemos hacer el trabajo sin que nadie se entere —
aseguró el capitán Ariosto, llevándose el vaso a los labios.
—¡No, hombre! ¿No te he explicado que debemos tener
paciencia? —replicó Carías.