—Explícame de nuevo el plan —exigió Ariosto.
—No te preocupes, del plan me encargo yo. En menos de
tres meses habremos desocupado la zona.
En ese instante Alex sintió algo sobre un pie y ahogó un
grito: una serpiente se deslizaba sobre su piel desnuda. Nadia
se llevó un dedo a los labios, indicándole que no se moviera.
Carías y Ariosto se pusieron de pie, advertidos, y ambos
sacaron simultáneamente sus armas. El capitán encendió su
linterna y barrió los alrededores, pasando con el rayo de luz a
pocos centímetros del sitio donde se ocultaban los chicos. Era
tanto el terror de Alex, que de buena gana hubiera confrontado
las pistolas con tal de sacudirse la serpiente, que ahora se le
enrollaba en el tobillo, pero la mano de Nadia lo sujetaba por un
brazo y comprendió que no podía arriesgar también la vida de
ella.
—¿Quién anda allí? —murmuró el capitán, sin levantar la
voz para no atraer a quienes dormían dentro del hotel.
Silencio.
—Vámonos, Ariosto —ordenó Carías. El militar volvió a
barrer el sitio con su linterna, luego ambos retrocedieron hasta
las escaleras que iban a la calle, siempre con las armas en las
manos. Pasaron uno o dos minutos antes que los muchachos
sintieran que podían moverse sin llamar la atención. Para
entonces la culebra envolvía la pantorrilla, su cabeza estaba a
la altura de la rodilla y el sudor corría a raudales por el cuerpo
del muchacho. Nadia se quitó la camiseta, se envolvió la mano
derecha y con mucho cuidado cogió la serpiente cerca de la
cabeza. De inmediato él sintió que el reptil lo apretaba más,
agitando la cola furiosamente, pero la chica lo sostuvo con
firmeza y luego lo fue separando sin brusquedad de la pierna de
su nuevo amigo, hasta que lo tuvo colgando de su mano. Movió
el brazo como un molinete, adquiriendo impulso, y luego lanzó
la serpiente por encima de la baranda de la terraza, hacia la