EL JAGUAR NEGRO
Antes de partir, los miembros de la expedición fueron invitados
al campamento de Mauro Carías. La doctora Omayra Torres se
disculpó, dijo que debía enviar a los jóvenes mormones de
vuelta a Manaos en un helicóptero del Ejército, porque habían
empeorado. El campamento se componía de varios remolques,
transportados mediante helicópteros y colocados en círculo en
un claro del bosque, a un par de kilómetros de Santa María de
la Lluvia. Sus instalaciones eran lujosas comparadas con las
casuchas de techos de cinc de la aldea. Contaba con un
generador de electricidad, antena de radio y paneles de energía
solar.
Carías tenía recintos similares en varios puntos
estratégicos del Amazonas para controlar sus múltiples
negocios, desde la explotación de madera hasta las minas de
oro, pero vivía lejos de allí. Decían que en Caracas, Río de
Janeiro y Miami poseía mansiones dignas de un príncipe y en
cada una mantenía a una esposa. Se desplazaba en su jet y su
avioneta, también usaba los vehículos del Ejército, que algunos
generales amigos suyos ponían a su disposición. En Santa
María de la Lluvia no había un aeropuerto donde pudiera
aterrizar su jet, de manera que utilizaba su avioneta bimotor,
que comparada con el avioncito de César Santos, un decrépito
pájaro de latas oxidadas, resultaba impresionante. A Kate Coid
le llamó la atención que el campamento estuviera rodeado de
alambres electrificados y custodiado por guardias.
—¿Qué puede tener este hombre aquí que requiera tanta
vigilancia? —le comentó a su nieto.