Mauro Carías era de los pocos aventureros que se habían
hecho ricos en el Amazonas. Miles y miles de garimpeiros se
internaban a pie o en canoa por la selva y los ríos buscando
minas de oro o yacimientos de diamantes, abriéndose paso a
machetazos en la vegetación, comidos de hormigas,
sanguijuelas y mosquitos. Muchos morían de malaria, otros a
balazos, otros de hambre y soledad; sus cuerpos se pudrían en
tumbas anónimas o se los comían los animales.
Decían que Carías había comenzado su fortuna con
gallinas: las soltaba en la selva y después les abría el buche de
un cuchillazo para cosechar las pepitas de oro que las infelices
tragaban. Pero ése, como tantos otros chismes sobre el pasado
de ese hombre, debía ser exagerado, porque en realidad el oro
no estaba sembrado como maíz en el suelo del Amazonas. En
todo caso, Carías nunca tuvo que arriesgar la salud como los
míseros garimpeiros, porque tenía buenas conexiones y ojo para
los negocios, sabía mandar y hacerse respetar; lo que no
obtenía por las buenas, lo obtenía por la fuerza. Muchos
murmuraban a sus espaldas que era un criminal, pero nadie se
atrevía a decirlo en su cara; no se podía probar que tuviera
sangre en las manos. De apariencia nada tenía de amenazador
o sospechoso, era hombre simpático, apuesto, bronceado, con
las manos cuidadas y los dientes blanquísimos, vestido con fina
ropa deportiva. Hablaba con una voz melodiosa y miraba directo
a los ojos, como si quisiera probar su franqueza en cada frase.
El empresario recibió a los miembros de la expedición del
International Geographic en uno de los remolques
acondicionado como salón, con todas las comodidades que no
existían en el pueblo. Lo acompañaban dos mujeres jóvenes y
atractivas, quienes servían los tragos y encendían los cigarros,
pero no decían ni media palabra. Alex pensó que no hablaban
inglés. Las comparó con Morgana, la chica que le robó la
mochila en Nueva York, porque tenían la misma actitud
insolente. Se sonrojó al pensar en Morgana y volvió a
preguntarse cómo pudo ser tan inocente y dejarse engañar de
esa manera. Ellas eran las únicas mujeres a la vista en el
campamento, el resto eran hombres armados hasta los dientes.