El anfitrión les ofreció un delicioso almuerzo de quesos, carnes
frías, mariscos, frutas, helados y otros lujos traídos de Caracas.
Por primera vez desde que salió de su país, el muchacho
americano pudo comer a gusto.
—Parece que conoces muy bien esta región, Santos.
¿Cuánto hace que vives aquí? —preguntó Mauro Carías al guía.
—Toda la vida. No podría vivir en otra parte —replicó éste.
—Me han dicho que tu mujer se enfermó aquí. Lo lamento
mucho... No me extraña, muy pocos extranjeros sobreviven en
este aislamiento y este clima. ¿Y esta niña, no va a la escuela?
—Y Carías estiró la mano para tocar a Nadia, pero Borobá le
mostró los dientes.
—No tengo que ir a la escuela. Sé leer y escribir —dijo
Nadia enfática.
—Con eso ya no necesitas más, bonita —sonrió Carías.
—Nadia también conoce la naturaleza, habla inglés,
español, portugués y varias lenguas de los indios —añadió el
padre.
—¿Qué es eso que llevas al cuello, bonita? —preguntó
Carías con su entonación cariñosa.
—Soy Nadia —dijo ella.
—Muéstrame tu collar, Nadia —sonrió el empresario,
luciendo su perfecta dentadura.
—Es mágico, no me lo puedo quitar.
—¿Quieres venderlo? Te lo compro —se burló Mauro
Carías.
—¡No! —gritó ella apartándose.