de inmediato enfocaron sus lentes hacia la fiera y también Kate
Coid sacó del bolso su pequeña cámara automática. El profesor
Leblanc se mantuvo a prudente distancia.
—Los jaguares negros son los animales más temibles de
Sudamérica. No retroceden ante nada, son valientes —dijo
Carías.
—Si lo admira, ¿por qué no lo suelta? Este pobre gato
estaría mejor muerto que prisionero —apuntó César Santos.
—¿Soltarlo? ¡De ninguna manera, hombre! Tengo un
pequeño zoológico en mi casa de Río de Janeiro. Estoy
esperando que llegue una jaula apropiada para enviarlo allá.
Alex se había aproximado como en trance, fascinado por la
visión de ese enorme felino. Su abuela le gritó una advertencia
que él no oyó y avanzó hasta tocar con ambas manos el
alambrado que lo separaba del animal. El jaguar se detuvo,
lanzó un formidable gruñido y luego fijó su mirada amarilla en
Alex; estaba inmóvil, con los músculos tensos, la piel color
azabache palpitante. El muchacho se quitó los lentes, que había
usado desde los siete años, y los dejó caer al suelo. Se
encontraban tan cerca, que pudo distinguir cada manchita
dorada en las pupilas de la fiera, mientras los ojos de ambos se
trababan en un silencioso diálogo. Todo desapareció: se
encontró solo frente al animal en una vasta planicie de oro,
rodeado de altísimas torres negras, bajo un cielo blanco donde
flotaban seis lunas transparentes, como medusas. Vio que el
felino abría las fauces, donde brillaban sus grandes dientes
perlados, y con una voz humana, pero que parecía provenir del
fondo de una caverna, pronunciaba su nombre: Alexander. Y él
respondía con su propia voz, pero que también sonaba
cavernosa: Jaguar. El animal y el muchacho repitieron tres
veces esas palabras, Alexander, Jaguar, Alexander, Jaguar,
Alexander, Jaguar, y entonces la arena de la planicie se volvió
fosforescente, el cielo se tomó negro y las seis lunas empezaron
a girar en sus órbitas y desplazarse como lentos cometas.