Entretanto Mauro Carías había impartido una orden y uno
de sus empleados trajo un mono arrastrándolo de una cuerda.
Al ver al jaguar el mono tuvo una reacción similar a la de
Borobá, empezó a chillar y dar saltos y manotazos, pero no
pudo soltarse. Carías lo cogió por el cuello y antes que nadie
alcanzara a adivinar sus intenciones, abrió la jaula con un solo
movimiento preciso y lanzó el aterrorizado animalito adentro.
Los fotógrafos, cogidos de sorpresa, debieron hacer un
esfuerzo para recordar que tenían una cámara en las manos.
Leblanc seguía fascinado por cada movimiento del infeliz simio,
que trepaba por el alambrado buscando una salida, y de la
fiera, que lo seguía con los ojos, agazapado, preparándose para
el salto. Sin pensar lo que hacia, Alex se lanzó a la carrera,
pisando y haciendo añicos sus lentes, que estaban todavía en el
suelo. Se abalanzó hacia la puerta de la jaula dispuesto a
rescatar a ambos animales, el mono de una muerte segura y el
jaguar de su prisión. Al ver a su nieto abriendo la cerradura,
Kate corrió también, pero antes que ella lo alcanzara dos de los
empleados de Carías ya habían cogido al muchacho por los
brazos y forcejeaban con él. Todo sucedió simultáneamente y
tan rápido, que después Alex no pudo recordar la secuencia de
los hechos. De un zarpazo el jaguar tumbó al mono y con un
mordisco de sus temibles mandíbulas lo destrozó. La sangre
salpicó en todas direcciones. En el mismo momento César
Santos sacó su pistola del cinto y le disparó a la fiera un tiro
preciso en la frente. Alex sintió el impacto como si la bala le
hubiera dado a él entre los ojos y habría caído de espaldas si los
guardias de Carías no lo hubieran tenido por los brazos
prácticamente en vilo.
—¡Qué hiciste, desgraciado! —gritó el empresario,
desenfundando también su arma y volviéndose hacia César
Santos.
Sus guardias soltaron a Alex, quien perdió el equilibrio y
cayó al suelo, para enfrentar al guía, pero no se atrevieron a
ponerle las manos encima porque éste aún empuñaba la pistola
humeante.