—Lo puse en libertad —replicó César Santos con pasmosa
tranquilidad.
Mauro Carías hizo un esfuerzo por controlarse.
Comprendió que no podía batirse a tiros con él delante de los
periodistas y de Leblanc.
—¡Calma! —ordenó Mauro Carías a los guardias.
—¡Lo mató! ¡Lo mató! —repetía Leblanc, rojo de excitación.
La muerte del mono y luego la del felino lo habían puesto
frenético, actuaba como ebrio.
—No se preocupe, profesor Leblanc, puedo obtener
cuantos animales quiera. Disculpen, me temo que éste fue un
espectáculo poco apropiado para corazones blandos —dijo
Carías.
Kate Coid ayudó a su nieto a ponerse en pie, luego tomó a
César Santos por un brazo y lo condujo a la salida, sin dar
tiempo a que la situación se pusiera más violenta. El guía se
dejó llevar por la escritora y salieron, seguidos por Alex. Fuera
encontraron a Nadia con el espantado Borobá enrollado en su
cintura. Alex intentó explicar a Nadia lo que había ocurrido
entre el jaguar y él antes que Mauro Carías introdujera al mono
en la jaula, pero todo se confundía en su mente. Había sido una
experiencia tan real, que el muchacho podía jurar que por unos
minutos estuvo en otro mundo, en un mundo de arenas
radiantes y seis lunas girando en el firmamento, un mundo
donde el jaguar y él se fundieron en una sola voz. Aunque le
fallaban las palabras para contar a su amiga lo que había
sentido, ella pareció comprenderlo sin necesidad de oír los
detalles.
—El jaguar te reconoció, porque es tu animal totémico —
dijo—. Todos tenemos el espíritu de un animal, que nos
acompaña. Es como nuestra alma. No todos encuentran su