participar en una ceremonia de los muertos, pero nunca se
aparece ante los nahab.
—¿Nahab?
—Forasteros.
—Tú eres forastera, Nadia.
—Dice Walimaí que yo no pertenezco a ninguna parte, que
no soy ni india ni extranjera, ni mujer ni espíritu.
—¿Qué eres entonces? —preguntó jaguar.
—Yo soy, no más —replicó ella.
César Santos explicó a los miembros de la expedición que
remontarían el río en lanchas de motor, internándose en las
tierras indígenas hasta el pie de las cataratas del Alto Orinoco.
Allí armarían el campamento y, de ser posible, despejarían una
franja de bosque para improvisar una pequeña cancha de
aterrizaje. El volvería a Santa María de la Lluvia para buscar su
avioneta, que serviría de rápido enlace con la aldea. Dijo que
para entonces el nuevo motor habría llegado y simplemente
sería cuestión de instalarlo. Con el avioncito podrían ir a la
inexpugnable zona de las montañas, donde según testimonio de
algunos indios y aventureros, podría tener su guarida la
mitológica Bestia.
—¿Cómo sube y baja una criatura gigantesca por ese
terreno que supuestamente nosotros no podemos escalar? —
preguntó Kate Coid.
—Lo averiguaremos —replicó César Santos.
—¿Cómo se movilizan los indios por allí sin una avioneta?
—insistió ella.