—Conocen el terreno. Los indios pueden trepar una
altísima palmera con el tronco erizado de espinas. También
pueden escalar las paredes de roca de las cataratas, que son
lisas como espejos —dijo el guía.
Pasaron buena parte de la mañana cargando los botes. El
profesor Leblanc llevaba más bultos que los fotógrafos,
incluyendo una provisión de cajones de agua embotellada, que
usaba hasta para afeitarse, porque temía las aguas infectadas
de mercurio. Fue inútil que César Santos le repitiera que
acamparían aguas arriba, lejos de las minas de oro. Por
sugerencia del guía, Leblanc había empleado como su asistente
personal a Karakawe, el indio que la noche anterior lo
abanicaba, para que lo atendiera durante el resto de la travesía.
Explicó que sufría de la espalda y no podía cargar ni el menor
peso.
Desde el comienzo de esa aventura, Alexander tuvo la
responsabilidad de cuidar las cosas de su abuela. Ese era un
aspecto de su trabajo, por el cual ella le daba una remuneración
mínima, que sería pagada al regreso, siempre que cumpliera
bien. Cada día Kate Coid anotaba en su cuaderno las horas
trabajadas por su nieto y lo hacía firmar la página, así llevaban
la cuenta. En un momento de sinceridad, el le había contado
cómo rompió todo en su pieza antes de empezar el viaje. A ella
no le pareció grave, porque era de la opinión que se necesita
muy poco en este mundo, pero le ofreció un sueldo por si
pensaba reponer los destrozos. La abuela viajaba con tres
mudas de ropa de algodón, vodka, tabaco, champú, jabón,
repelente de insectos, mosquitero, manta, papel y una caja de
lápices, todo dentro de una bolsa de lona. También llevaba una
cámara automática, de las más ordinarias, que había provocado
desdeñosas carcajadas en los fotógrafos profesionales Timothy
Bruce y Joel González. Kate los dejó que se rieran sin hacer
comentarios. Alex llevaba aún menos ropa que su abuela, más
un mapa y un par de libros. Del cinturón se había colgado su
cortaplumas del Ejército suizo, su flauta y una brújula. Al ver el
instrumento, César Santos le explicó que de nada le servida en
la selva, donde no se podía avanzar en línea recta.