—Olvídate de la brújula, muchacho. Lo mejor es que me
sigas sin perderme nunca de vista —le aconsejó.
Pero a Alex le gustaba la idea de poder ubicar el norte
dondequiera que se encontrara. Su reloj, en cambio, de nada
servía, porque el tiempo del Amazonas no era como el del resto
del planeta, no se medía en horas, sino en amaneceres, mareas,
estaciones, lluvias.
Los cinco soldados facilitados por el capitán Ariosto, y
Matuwe, el guía indio empleado por César Santos, iban bien
armados. Matuwe y Karakawe habían adoptado esos nombres
para entenderse con los forasteros; sólo sus familiares y amigos
íntimos podían llamarlos por sus nombres verdaderos. Ambos
habían dejado sus tribus muy jóvenes, para educarse en las
escuelas de los misioneros, donde fueron cristianizados, pero se
mantenían en contacto con los indios. Nadie podía ubicarse en
la región mejor que Matuwe, quien jamás había recurrido a un
mapa para saber dónde estaba. Karakawe era considerado
«hombre de ciudad», porque viajaba a menudo a Manaos y
Caracas y porque tenía, como tanta gente de la ciudad, un
temperamento desconfiado.
César Santos llevaba lo indispensable para montar el
campamento: carpas, comida, utensilios de cocina, luces y radio
de pilas, herramientas, redes para fabricar trampas, machetes,
cuchillos y algunas chucherías de vidrio y plástico para
intercambiar regalos con los indios. A última hora apareció su
hija con su monito negro colgado de una cadera, el amuleto de
Walimaí al cuello y sin más equipaje que un chaleco de algodón
atado al cuello, anunciando que estaba lista para embarcarse.
Le había advertido a su padre que no pensaba quedarse en
Santa María de la Lluvia con las monjas del hospital, como
otras veces, porque Mauro Carías andaba por allí y no le
gustaba la forma en que la miraba y trataba de tocarla. Tenía
miedo del hombre que «llevaba el corazón en una bolsa». El
profesor Leblanc montó en cólera. Antes había objetado
severamente la presencia del nieto de Kate Coid, pero como era