imposible mandarlo de vuelta a los Estados Unidos debió
tolerarlo; ahora, sin embargo, no estaba dispuesto a permitir
por ningún motivo que la hija del guía viniera también.
—Esto no es un jardín de infancia, es una expedición
científica de alto riesgo, los ojos del mundo están puestos en
Ludovic Leblanc —alegó, furioso.
Como nadie le hizo caso, se negó a embarcarse. Sin él no
podían partir; sólo el inmenso prestigio de su nombre servía de
garantía ante el International Geographic dijo. César Santos
procuró convencerlo de que su hija siempre andaba con él y que
no molestaría para nada, todo lo contrario, podía ser de gran
ayuda porque hablaba varios dialectos de los indios. Leblanc se
mantuvo inflexible. Media hora más tarde el calor subía de los
cuarenta grados, la humedad goteaba de todas las superficies y
los ánimos de los expedicionarios estaban tan caldeados como
el clima. Entonces intervino Kate Coid.
—A mi también me duele la espalda, profesor. Necesito
una asistente personal. He empleado a Nadia Santos para que
cargue mis cuadernos y me abanique con una hoja de banano
—dijo.
Todos soltaron una carcajada. La chica subió dignamente
al bote y se sentó junto a la escritora. El mono se instaló en su
falda y desde allí sacaba la lengua y hacia morisquetas al
profesor Leblanc, quien se había embarcado también, rojo de
indignación.