LA EXPEDICIÓN
Nuevamente el grupo se encontró navegando río arriba.
Esta vez iban trece adultos y dos niños en un par de lanchones
de motor, ambos pertenecientes a Mauro Carías, quien los
había puesto a disposición de Leblanc.
Alex esperó la oportunidad para contarle en privado a su
abuela el extraño diálogo entre Mauro Carías y el capitán
Ariosto, que Nadia le había traducido. Kate escuchó con
atención y no dio muestras de incredulidad, como su nieto
había temido; por el contrario, pareció muy interesada.
—No me gusta Carías. ¿Cuál será su plan para exterminar
a los indios? —preguntó.
—No lo sé.
—Lo único que podemos hacer por el momento es esperar
y vigilar —decidió la escritora.
—Lo mismo dijo Nadia.
—Esa niña debiera ser nieta mía, Alexander.
El viaje por el río era similar al que habían hecho antes
desde Manaos hasta Santa María de la Lluvia, aunque el paisaje
había cambiado. Para entonces el muchacho había decidido
hacer como Nadia y en vez de luchar contra los mosquitos
empapándose en insecticida, dejaba que lo atacaran, venciendo
la tentación de rascarse. También se quitó las botas cuando
comprobó que estaban siempre mojadas y que las sanguijuelas
lo picaban igual que si no las tuviera. La primera vez no se dio