cuenta hasta que su abuela le señaló los pies: tenía los
calcetines ensangrentados. Se los quitó y vio a los asquerosos
bichos prendidos de su piel, hinchados de sangre.
—No duele porque inyectan un anestésico antes de chupar
la sangre —explicó César Santos.
Luego le enseñó a soltar las sanguijuelas quemándolas con
un cigarrillo, para evitar que los dientes quedaran prendidos en
la piel, con riesgo de provocar una infección. Ese método
resultaba algo complicado para Alex, porque no fumaba, pero
un poco del tabaco caliente de la pipa de su abuela tuvo el
mismo efecto. Era más fácil quitárselas de encima que vivir
preocupado por evitarlas.
Desde el comienzo Alex tuvo la impresión de que había
una palpable tensión entre los adultos de la expedición: nadie
confiaba en nadie. Tampoco podía sacudirse la sensación de ser
espiado, de que había miles de ojos observando cada
movimiento de las lanchas. A cada rato miraba por encima de
su hombro, pero nadie los seguía por el río.
Los cinco soldados eran caboclos nacidos en la región; Matuwe,
el guía empleado por César Santos, era indígena y les serviría
de intérprete con las tribus. El otro indio puro era Karakawe, el
asistente de Leblanc. Según la doctora Omayra Torres,
Karakawe no se comportaba como otros indios y posiblemente
nunca podría volver a vivir con su tribu.
Entre los indios todo se compartía y las únicas posesiones
eran las pocas armas o primitivas herramientas que cada uno
pudiera llevar consigo. Cada tribu tenía un shabono, una gran
choza común en forma circular, techada con paja y abierta
hacia un patio interior. Vivían todos juntos, compartiendo desde
la comida hasta la crianza de los niños. Sin embargo, el
contacto con los extranjeros estaba acabando con las tribus: no
sólo les contagiaban enfermedades del cuerpo, también otras
del alma. Apenas los indios probaban un machete, un cuchillo o
cualquier otro artefacto metálico, sus vidas cambiaban para