cotorras. Muchos de esos pájaros estaban amenazados con
desaparecer, porque los traficantes los cazaban sin piedad para
venderlos de contrabando en otros países. Los monos de
diferentes clases, casi humanos en sus expresiones y en sus
juegos, parecían saludarlos desde los árboles. Había venados,
osos hormigueros, ardillas y otros pequeños mamíferos. Varios
espléndidos papagayos —o guacamayas, como las llamaban
también— los siguieron durante largos trechos. Esas grandes
aves multicolores volaban con increíble gracia sobre las
lanchas, como si tuvieran curiosidad por las extrañas criaturas
que viajaban en ellas. Leblanc les disparó con su pistola, pero
César Santos alcanzó a darle un golpe seco en el brazo,
desviando el tiro. El balazo asustó a los monos y otros pájaros,
el cielo se llenó de alas, pero poco después los papagayos
regresaron, impasibles.
—No se comen, profesor, la carne es amarga. No hay razón
para matarlos —reprochó César Santos al antropólogo.
—Me gustan las plumas —dijo Leblanc, molesto por la
interferencia del guía.
—Cómprelas en Manaos —dijo secamente César Santos.
—Las guacamayas se pueden domesticar. Mi madre tiene
una en nuestra casa de Boa Vista. La acompaña a todas partes,
volando siempre a dos metros por encima de su cabeza. Cuando
mi madre va al mercado, la guacamaya sigue al bus hasta que
ella se baja, la espera en un árbol mientras compra y luego
vuelve con ella, como un perrito faldero —contó la doctora
Omayra Torres.
Alex comprobó una vez más que la música de su flauta
alborotaba a los monos y a los pájaros. Borobá parecía
particularmente atraído por la flauta. Cuando él tocaba, el
monito se quedaba inmóvil escuchando, con una expresión
solemne y curiosa; a veces le saltaba encima y tironeaba del
instrumento, pidiendo música. Alex lo complacía, encantado de
contar por fin con una audiencia interesada, después de haber