peleado por años con sus hermanas para que lo dejaran
practicar la flauta en paz. Los miembros de la expedición se
sentían confortados por la música, que los acompañaba a
medida que el paisaje se volvía más hostil y misterioso. El
muchacho tocaba sin esfuerzo, las notas fluían solas, como si
ese delicado instrumento tuviera memoria y recordara la
impecable maestría de su dueño anterior, el célebre Joseph
Coid. La sensación de que eran seguidos se había apoderado de
todos. Sin decirlo, porque lo que no se nombra es como si no
existiera, vigilaban la naturaleza. El profesor Leblanc pasaba el
día con sus binoculares en la mano examinando las orillas del
río; la tensión lo había vuelto aún más desagradable. Los únicos
que no se habían contagiado por el nerviosismo colectivo eran
Kate Coid y el inglés Timothy Bruce. Ambos habían trabajado
juntos en muchas ocasiones, habían recorrido medio mundo
para sus artículos de viaje, habían estado en varias guerras y
revoluciones, trepado montañas y descendido al fondo del mar,
de modo que muy pocas cosas les quitaban el sueño. Además
les gustaba alardear de indiferencia.
—¿No te parece que nos están vigilando, Kate? —le
preguntó su nieto.
—Si.
—¿No te da miedo?
—Hay varias maneras de superar el miedo, Alexander.
Ninguna funciona —replicó ella.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando uno de
los soldados que viajaba en su embarcación cayó sin un grito a
sus pies. Kate Coid se inclinó sobre él, sin comprender al
principio qué había sucedido, hasta que vio una especie de
espina larga clavada en el pecho del hombre. Comprobó que
había muerto instantáneamente: la espina había pasado
limpiamente entre las costillas y le había atravesado el corazón.
Alex y Kate alertaron a los demás tripulantes, que no se habían
dado cuenta de lo ocurrido, tan silencioso había sido el ataque.