Un instante después media docena de armas de fuego se
descargaron contra la espesura. Cuando se disipó el fragor, la
pólvora y la estampida de los pájaros que cubrieron el cielo,
vieron que nada más se había movido en la selva. Quienes
lanzaron el dardo mortal se mantuvieron agazapados, inmóviles
y silenciosos. De un tirón César Santos lo arrancó del cadáver y
vieron que medía aproximadamente un pie de largo y era tan
firme y flexible como el acero. El guía dio orden de continuar a
toda marcha, porque en esa parte el río era angosto y las
embarcaciones eran blanco fácil de las flechas de los atacantes.
No se detuvieron hasta dos horas más tarde, cuando consideró
que estaban a salvo. Recién entonces pudieron examinar el
dardo, decorado con extrañas marcas de pintura roja y negra,
que nadie pudo descifrar. Karakawe y Matuwe aseguraron que
nunca las habían visto, no pertenecían a sus tribus ni a
ninguna otra conocida, pero aseguraron que todos los indios de
la región usaban cerbatanas. La doctora Omayra Torres explicó
que si el dardo no hubiera dado en el corazón con tal
espectacular precisión, de todos modos habría matado al
hombre en pocos minutos, aunque en forma más dolorosa,
porque la punta estaba impregnada en curare, un veneno
mortal, empleado por los indios para cazar y para la guerra,
contra el cual no se conocía antídoto.
—¡Esto es inadmisible! ¡Esa flecha podría haberme dado a
mí! —protestó Leblanc.
—Cierto —admitió César Santos.
—¡Esto es culpa suya! —agregó el profesor.
—¿Culpa mía? —repitió César Santos, confundido por el
giro inusitado que tomaba el asunto.
—¡Usted es el guía! ¡Es responsable por nuestra seguridad,
para eso le pagamos!
—No estamos exactamente en un viaje de turismo,
profesor —replicó César Santos.