—Daremos media vuelta y regresaremos de inmediato. ¿Se
da cuenta de la pérdida que sería para el mundo científico si
algo le sucediera a Ludovic Leblanc? —exclamó el profesor.
Asombrados, los miembros de la expedición guardaron
silencio. Nadie supo qué decir, hasta que intervino Kate Coid.
—Me contrataron para escribir un artículo sobre la Bestia
y pienso hacerlo, con flechas envenenadas o sin ellas, profesor.
Si desea regresar, puede hacerlo a pie o nadando, como
prefiera. Nosotros continuaremos de acuerdo a lo planeado —
dijo.
—¡Vieja insolente, cómo se atreve a...! —empezó a chillar el
profesor.
—No me falte el respeto, hombrecito —lo interrumpió
calmadamente la escritora, cogiéndolo con firmeza por la
camisa y paralizándolo con la expresión de sus temibles pupilas
azules.
Alex pensó que el antropólogo le plantaría una bofetada a
su abuela y avanzó dispuesto a interceptarla, pero no fue
necesario. La mirada de Kate Coid tuvo el poder de calmar los
ánimos del irritable Leblanc como por obra de magia.
—¿Qué haremos con el cuerpo de este pobre hombre? —
preguntó la doctora, señalando el cadáver.
—No podemos llevarlo, en este clima, Omayra, ya sabes
que la descomposición es muy rápida. Supongo que debemos
lanzarlo al río... —sugirió César Santos.
—Su espíritu se enojaría y nos perseguiría para matarnos
—intervino Matuwe, el guía indio, aterrado.
—Entonces haremos como los indios cuando deben
postergar una cremación; lo dejaremos expuesto para que los