actuaban para las cámaras de acuerdo a sus instrucciones... —
sugirió el guía.
—¡Esa es una calumnia! Según mi teoría...
—También otros antropólogos y periodistas han venido al
Amazonas con sus propias ideas sobre los indios. Hubo uno que
filmó un documental en que los muchachos andaban vestidos
de mujer, se maquillaban y usaban desodorante —añadió César
Santos.
—¡Ah! Ese colega siempre tuvo ideas algo raras... —admitió
el profesor.
El guía enseñó a Alex y Nadia a cargar y usar las pistolas.
La chica no demostró gran habilidad ni interés; parecía incapaz
de dar en el blanco a tres pasos de distancia, Alex, en cambio,
estaba fascinado. El peso de la pistola en la mano le daba una
sensación de invencible poder; por primera vez comprendía la
obsesión de tanta gente por las armas.
—Mis padres no toleran las armas de fuego. Si me vieran
con esto, creo que se desmayarían —comentó.
—No te verán —aseguró su abuela, mientras le tomaba
una fotografía.
Alex se agachó e hizo ademán de disparar, como hacia cuando
jugaba de niño.
—La técnica segura para errar el tiro es apuntar y disparar
apurado —dijo Kate Coid—. Si nos atacan, eso es exactamente
lo que harás, Alexander, pero no te preocupes, porque nadie
estará mirándote. Lo más probable es que para entonces ya
estemos todos muertos.
—No confías en que yo pueda defenderte, ¿verdad?