—No. Pero prefiero morir asesinada por los indios en el
Amazonas, que de vejez en Nueva York —replicó su abuela.
—¡Eres única, Kate! —sonrió el chico.
—Todos somos únicos, Alexander —lo cortó ella.
Al tercer día de navegación vislumbraron una familia de
venados en un pequeño claro de la orilla. Los animales,
acostumbrados a la seguridad del bosque, no parecieron
perturbados por la presencia de los botes. César Santos ordenó
detenerse y mató a uno con su rifle, mientras los demás huían
despavoridos. Esa noche los expedicionarios cenarían muy bien,
la carne de venado era muy apreciada, a pesar de su textura
fibrosa, y sería una fiesta después de tantos días con la misma
dieta de pescado. Matuwe llevaba un veneno que los indios de
su tribu echaban en el río. Cuando el veneno caía al agua, los
peces se paralizaban y era posible ensartarlos fácilmente con
una lanza o una flecha atada a una liana. El veneno no dejaba
rastro en la carne del pescado ni en el agua, el resto de los
peces se recuperaba a los pocos instantes.
Se encontraban en un lugar apacible donde el río formaba
una pequeña laguna, perfecto para detenerse por un par de
horas a comer y reponer las fuerzas. César Santos les advirtió
que tuvieran cuidado porque el agua era turbia y habían visto
caimanes unas horas antes, pero todos estaban acalorados y
sedientos. Con las pértigas los guardias movieron el agua y
como no vieron huellas de caimanes, todos decidieron bañarse,
menos el profesor Ludovic Leblanc, quien no se metía al río por
ningún motivo. Borobá, el mono, era enemigo del baño, pero
Nadia lo obligaba a remojarse de vez en cuando para quitarle
las pulgas. Montado en la cabeza de su ama, el animalito
lanzaba exclamaciones del más puro espanto cada vez que lo
salpicaba una gota. Los miembros de la expedición chapotearon
por un rato, mientras César Santos y dos de sus hombres
destazaban el venado y encendían fuego para asarlo.