Alex vio a su abuela quitarse los pantalones y la camisa
para nadar en ropa interior, sin muestra de pudor, a pesar de
que al mojarse aparecía casi desnuda. Trató de no mirarla, pero
pronto comprendió que allí, en medio de la naturaleza y tan
lejos del mundo conocido, la vergüenza por el cuerpo no tenía
cabida. Se había criado en estrecho contacto con su madre y
sus hermanas y en la escuela se había acostumbrado a la
compañía del sexo opuesto, pero en los últimos tiempos todo lo
femenino le atraía como un misterio remoto y prohibido.
Conocía la causa: sus hormonas, que andaban muy alborotadas
y no lo dejaban pensar en paz. La adolescencia era un lío, lo
peor de lo peor, decidió. Deberían inventar un aparato con rayos
láser, donde uno se metiera por un minuto y, ¡plaf!, saliera
convertido en adulto. Llevaba un huracán por dentro, a veces
andaba eufórico, rey del mundo, dispuesto a luchar a brazo
partido con un león; otras era simplemente un renacuajo. Desde
que empezó ese viaje, sin embargo, no se había acordado de las
hormonas, tampoco le había alcanzado el tiempo para
preguntarse si valía la pena seguir viviendo, una duda que
antes lo asaltaba por lo menos una vez al día. Ahora comparaba
el cuerpo de su abuela —enjuto, lleno de nudos, la piel
cuarteada— con las suaves curvas doradas de la doctora
Omayra Torres, quien usaba un discreto traje de baño negro, y
con la gracia todavía infantil de Nadia. Consideró cómo cambia
el cuerpo en las diferentes edades y decidió que las tres
mujeres, a su manera, eran igualmente hermosas. Se sonrojó
ante esa idea. Jamás hubiera pensado dos semanas antes que
podía considerar atractiva a su propia abuela. ¿Estarían las
hormonas cocinándole el cerebro?
Un alarido escalofriante sacó a Alex de tan importantes
cavilaciones. El grito provenía de Joel González, uno de los
fotógrafos, quien se debatía desesperadamente en el lodo de la
orilla. Al principio nadie supo lo que sucedía, sólo vieron los
brazos del hombre agitándose en el aire y la cabeza que se
hundía y volvía a emerger. Alex, quien participaba en el equipo
de natación de su colegio, fue el primero en alcanzarlo de dos o
tres brazadas. Al acercarse vio con absoluto horror que una
serpiente gruesa como una hinchada manguera de bombero