envolvía el cuerpo del fotógrafo. Alex cogió a González por un
brazo y trató de arrastrarlo hacia tierra firme, pero el peso del
hombre y el reptil era demasiado para él. Con ambas manos
intentó separar al animal, tirando con todas sus fuerzas, pero
los anillos del reptil apretaron más a su víctima. Recordó la
escalofriante experiencia de la surucucú que unas noches antes
se le había enrollado en una pierna. Esto era mil veces peor. El
fotógrafo ya no se debatía ni gritaba, estaba inconsciente.
—¡Papá, papá! ¡Una anaconda! —llamó Nadia, sumándose
a los gritos de Alex.
Para entonces Kate Coid, Timothy Bruce y dos de los
soldados se habían aproximado y entre todos luchaban con la
poderosa culebra para desprenderla del cuerpo del infeliz
González. El alboroto movió el barro del fondo de la laguna,
tornando el agua oscura y espesa como chocolate. En la
confusión no se veía lo que pasaba, cada uno halaba y gritaba
instrucciones sin resultado alguno. El esfuerzo parecía inútil
hasta que llegó César Santos con el cuchillo con que estaba
destazando el venado. El guía no se atrevió a usarlo a ciegas por
temor a herir a Joel González o a cualquiera de los otros que
forcejeaban con el reptil; debió esperar el momento en que la
cabeza de la anaconda surgió brevemente del lodo para
decapitarla de un tajo certero. El agua se llenó de sangre,
volviéndose color de óxido. Necesitaron cinco minutos más para
liberar al fotógrafo, porque los anillos constrictores seguían
oprimiéndolo por reflejo.
Arrastraron a Joel González hasta la orilla, donde quedó
tendido como muerto. El profesor Leblanc se había puesto tan
nervioso, que desde un lugar seguro disparaba tiros al aire,
contribuyendo a la confusión y el trastorno general, hasta que
Kate Coid le quitó la pistola y lo conminó a callarse. Mientras
los demás habían estado luchando en el agua con la anaconda,
la doctora Omayra Torres había trepado de vuelta a la lancha a
buscar su maletín y ahora se encontraba de rodillas junto al
hombre inconsciente con una jeringa en la mano. Actuaba en
silencio y con calma, como si el ataque de una anaconda fuera