un acontecimiento perfectamente normal en su vida. Inyectó
adrenalina a González y una vez que estuvo segura de que
respiraba, procedió a examinarlo.
—Tiene varias costillas rotas y está choqueado —dijo—.
Esperemos que no tenga los pulmones agujereados por un
hueso o el cuello fracturado. Hay que inmovilizarlo.
—¿Cómo lo haremos? —preguntó César Santos.
—Los indios usan cortezas de árbol, barro y lianas —dijo
Nadia, todavía temblando por lo que acababa de presenciar.
—Muy bien, Nadia —aprobó la doctora.
El guía impartió las instrucciones necesarias y muy pronto
la doctora, ayudada por Kate y Nadia, había envuelto al herido
desde las caderas hasta el cuello en trapos empapados en barro
fresco, encima había puesto lonjas largas de corteza y luego lo
había amarrado. Al secarse el barro, ese paquete primitivo
tendría el mismo efecto de un moderno corsé ortopédico. Joel
González, atontado y adolorido, no sospechaba aún lo ocurrido,
pero había recuperado el conocimiento y podía articular algunas
palabras.
—Debemos conducir a Joel de inmediato a Santa María de la
Lluvia. Allí podrán llevarlo en el avión de Mauro Carías a un
hospital —determinó la doctora.
—¡Éste es un terrible inconveniente! Tenemos solamente
dos botes. No podemos mandar uno de vuelta —replicó el
profesor Leblanc.
—¿Cómo? ¿Ayer usted quería disponer de un bote para
escapar y ahora no quiere enviar uno con mi amigo mal herido?
—preguntó Timothy Bruce haciendo un esfuerzo por mantener
la calma.