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efrit hubiese sido una simple criatura humana, lo habría aniquilado en seguida. Pero lo que más me hizo su-
frir fue que, al dispersarse los granos de la granada, no acerté a devorar el grano principal, el único que
contenía el alma del efrit; pues si hubiera podido tragármelo, habría perecido inmediatamente. Pero ¡ay de
mí! tardé mucho en verlo. Así lo quiso la fatalidad del Destino. Por eso he tenido que combatir tan terri-
blemente contra el efrit debajo de tierra, en el aire y en el agua. Y cada vez que él abría una puerta de sal-
vación, le abría yo otra de perdición, hasta que abrió por fin la más fatal de todas, la puerta del fuego, y yo
tuve que hacer lo mismo. Y después de abierta la puerta del fuego, hay que morir necesariamente. Sin em-
uargo, el Destino me permitió quemar al efrit antes de perecer yo abrasada. Y antes de matarle, quise que
abrazara nuestra fe, que es la santa religión del Islam, pero se negó, y entonces lo quemé. Alah ocupará mi
lugar cerca de vosotros, y esto podrá serviros de consuelo.”
Después de estas palabras empezó a implorar al fuego, hasta que al fin brotaron unas chispas negras que
subieron hacia su pecho. Y cuando el fuego le llegó a la cara, lloró, y luego dijo: “¡Afirmo que no hay más
Dios que Alah, y que Mohamed es su profeta!” No bien había pronunciado estas palabras, la vimos conver-
tirse en un montón de ceniza, próximo al otro montón que formaba el efrit.
Entonces nos afligimos profundamente. Gustoso habría yo ocupado su lugar, antes que ver bajo tan míse-
ro aspecto a aquella joven de radiante hermosura que tanto quiso favorecerme; pero los designios de Alah
son inapelables.
Al advertir el rey la transformación sufrida por su hija, lloró por ella, mesándose las barbas que le queda-
ban, abofeteándose y desgarrándose las ropas. Y lo propio hice yo. Y los dos lloramos sobre ella. En segui-
da llegaron los chambelanes, y los jefes del gobierno hallaron al sultán llorando aniquilado ante los dos
montones de ceniza. Y se asombraron muchísimo, y comenzaron a dar vueltas a su alrededor, sin atreverse
a hablarle. Al cabo de una hora se repuso algo el rey, y les contó lo ocurrido entre la princesa y el efrit. Y
todos gritaron; “¡Alah! ¡Alah! ¡Qué gran desdicha! ¡Qué tremenda desventura!”
En seguida llegaron todas las damas de palacio con sus esclavas, y durante siete días se cumplieron todas
las ceremonias de duelo y de pésame.
Luego dispuso el rey la construcción de un gran sarcófago para las cenizas de su hija, y que se encendie-
sen velas, faroles y linternas día y noche. En cuanto a las cenizas, del efrit, fueron aventadas bajo la maldi-
ción de Alah.
La tristeza acarreó al sultán una enfermedad que le tuvo a la muerte. Esta enfermedad le duró un mes
entero. Y cuando hubo recobrado algún vigor, me llamó a su presencia y me dijo: “¡Oh joven!, Antes de
que vinieses vivíamos aqui nuestra vida en la más perfecta dicha, libres de los sinsabores de la suerte. Ha
sido necesario que: tú vinieses y que viéramos tu hermosa letra para que cayesen sobre nosotros todas las
aflicciones ¡Ojalá no te hubiésemos visto nunca a ti, ni a tu cara de mal agüero, ni a tu maldita escritura!
Porque primeramente ocasionaste la pérdida de mi hija, la cual, sin duda, valía más que cien hombres. Des-
pués, por causa tuya, me quemé lo que tú sabes, y he perdido la mitad de mis dientes, y la otra mitad casi ha
volado también. Y por último, ha perecido mi pobre eunuco, aquel buen servidor que fue ayo de mi hija.
Pero tú no tuviste la culpa, y mal podrías remediarlo ahora. Todo nos ha ocurrido a nosotros y a ti por vo-
luntad de Alah. ¡Alabado sea por permitir que mi hija te desencantara, aunque ella pereciese! ¡Es el Desti-
no! Ahora, hijo mío, debes abandonar este país, porque ya tenemos bastante con lo que por tu causa nos ha
pasado. ¡Alah es quien todo lo decreta!, ¡Sal, pues, y vete en paz!”
Entonces, ¡oh mi señora! abandoné el palacio del rey, sin fiar mucho en mi salvación. No sabía adonde ir.
Y recordé entonces todo cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, cómo me habían dejado
sano y salvo los árabes del desierto, mi viaje y mis fatigas de un mes, mi entrada en la ciudad coma extran-
jero, el encuentro con el sastre, la entrevista e intimidad tan deliciosa con la joven del subterráneo, el modo
de escaparme de las manos del efrit que me quería matar, todo, en fin; sin olvidar mi transformación en
mono al servicio después del capitán mercante, mi compra a elevado precio por el rey a consecuencia de mi
hermosa letra, mi desencanto, ¡en fin, todo! Pero más que nada, ¡hay de mí! el último incidente, que me hi-
zo perder un ojo. Pero di gracias a Alah, y dije: “¡Más vale perder un ojo que la vida! Después de esto, fui
al hammam a tomar un baño antes de salir de la ciudad. Entonces, ¡oh señora mía! me afeité la barba para
poder viajar seguro en calidad de saaluk. Desde aquella fecha no he dejado ni un día de llorar pensando en
las desgracias
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que sobre mí han caído, y sobre todo en la pérdida de mi ojo izquierdo. Y cada vez que esto
me viene a la memoria, el ojo derecho se me llena de lágrimas, que no me dejan ver, aunque nunca me im-
pedirán pensar en estos versos del poeta:
¿Conoce Alah misericordioso mi afliccíón? ¡Las desdichas pesan sobre mí, y me he dado cuenta de ellas
demasiado tarde!
¡Pero haré acopio de paciencia frente a mis grandes desventuras, para que el mundo no ignore que he
tomado con paciencia algo que es mas amargo que la misma paciencia!
¡Porque la paciencia tiene su belleza, sobre todo, cuando es el hombre piadoso quien la practica! ¡De
todos modos, ha de ocurrir lo que, haya decidido Alah respecto a cada criatura!