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Por eso su imagen se alza frente a mí, y al mirarla, aumentan mi cariño, mi anhelo y mis recuerdos!
¡Oh! ¡Su imagen amada es siempre lo primero que se presenta a mis ojos en la primera hora de la ma-
ñana! ¡Y así ha de ser siempre, pues no tengo otro pensamiento ni otros amores!
Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar a su madre, se echó a llorar también. Y mien-
tras los dos estaban llorando, entró en la habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las
voces. Y al ver cómo lloraban, se le oprimió el corazón, y dijo muy alarmado: “Hijos míos, ¿por qué lloráis
así?” Entonces Sett El-Hosn le refirió la aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oírla,
se acordó de lodas las desventuras pasadas, las que le habían ocurrido a él, a su hermano Nureddin, a su so-
brino Hassán Badreddin, y por último a su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de
llorar también. Y se fue muy desesperado en busca del emir, y le contó lo que pasaba, diciéndole que aque-
lla situación no podía durar, ni por su buen nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir ha-
cia los países de Levante, y llegar a la ciudad de Bassra, en donde pensaba encontrar a su sobrino Hassán
Badreddin. Rogó asimismo que el sultán le escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los paí-
ses las gestiones necesarias para encontrar y atraerse a su sobrino. Y como no cesaba en su amargo llanto,
se enterneció el sultán y le concedió los decretos. Y después de darle gracias mil veces y hacer votos por su
engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus manos, el visir se despidió. Inmedia-
tamente hizo los preparativos para la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.
Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesivamente, en dirección a Damasco, y por
fin llegaron sin dificultad a Damasco. Y se detuvieron cerca de las puertas, en el meidán de Hasba, donde
armaron sus tiendas para descansar dos días antes de seguir el camino. Y les pareció Damasco una ciudad
admirable, llena de árboles y aguas corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:
¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador juró no hacer en adelante nada
parecido!
¡La noche cubre amorosamente a Damasco con sus alas! ¡Y cuando llega el día, tiende por encima la
sombra de sus árboles frondosos!
¡El rocío en las ramas de estos árboles no es rocío, sino perlas, perlas que caen como copos de nieve a
merced de la brisa que las empuja!
¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su lectura matutina; el agua es como una
página blanca abierta; la brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blancas nubes derraman gotas
para la escritura!
La servidumbre del visir fue a visitar la ciudad y sus zocos para comprar lo que necesitaban y vender las
cosas traídas de Egipto. Y no dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de
los Bani-Ommiah, situada en el centro de la población, y que no tiene igual en todo el mundo.
Agib marchó también a la ciudad para distraerse, acompañado de su fiel eunuco Said. Y el eunuco le se-
guía muy próximo y llevaba en la mano un látigo capaz de matar, a un camello, pues sabía la fama que tie-
nen los habitantes de Damasco, y con aquel látigo quería impedirles acercarse a su amo el hermoso Agib. Y
efectivamente, no se engañaba, pues apenas hubieron visto al hermoso Agib, los habitantes de Damasco se
percataron de lo encantador y gracioso que era, hallándole más suave que la brisa del Norte, más delicioso
que el agua fresca para el paladar del sediento y más grato que la salud para el convaleciente. Y en seguida
la gente de la calle, de las casas y de las tiendas siguieron a Agib, sin dejarle, a pesar del látigo del eunuco.
Y otros corrían para adelantarse y se sentaban en el suelo, a su paso, para contemplarle más tiempo y me-
jor. Al fin, por voluntad del Destino, Agib y el eunuco llegaron a una pastelería, donde se detuvieron para
escapar de tan indiscreta muchedumbre.
Y precisamente aquella pastelería era la de Hassán Badreddin, padre de Agib. Había muerto el anciano
pastelero que adoptó a Hassán, y éste había heredado la tienda. Y aquel día Hassán estaba ocupado en pre-
parar un plato deliciosa con granos de granada y otras cosas azucaradas y sabrosas. Y cuando vio pararse a
Agib y al eunuco, quedó encantado con la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino conmovido
con una emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño: “¡Oh mi joven señor! Aca-
bas de conquistar mi corazón y reinas para siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraído hacia ti des-
de el fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres hacerme la merced de
probar mis dulces, sencillamente por piedad?” Y Hassán, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus
ojos se arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su situación presente.
Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció también el corazón, y volviéndose hacia el
esclavo, le dijo: “¡Said! Este postelero me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y
que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para complacerle, y probemos lo que nos ofrece.
Y así aliviamos con esto su pena, es probable que Alah se apiade a su vez de nosotros y haga que logren
buen éxito las pesquisas, para encontrar a mi padre.”