DON GONZALO.
- Pues a mí me habían dicho que Picavea en cuestión de sable era un practicón.
DON ARÍSTIDES.
- Cuando estaba sin destino, sí, señor. Pero ahora..., ¿lo sabré yo, que he sido su maestro?...
DON GONZALO.
- En fin, ¿reanudamos?
DON ARÍSTIDES.
- Vamos allá. (Requieren las armas y vuelven a la lección.) Finta de estocada marchando. Encima. Romper.
Uno, dos. Marchar. Dos llamadas.
DON GONZALO.
- Con permiso. Un momento. Voy a llamar al criado que se lleve estos cacharros. (Hace que toca un timbre.)
DON ARÍSTIDES.
- En guardia. Uno, dos. Marchar. Revés. Romper. Encima, pare y conteste. Marchar. Batir. Salto atrás.
CRIADO.
- ¡Señor! (No le hacen caso.)
DON ARÍSTIDES.
- Marchar. A ver cómo se para, vivo... (Comienza un asalto movidísimo. Las armas chocan con violencia.)
CRIADO. (Vuelve a acercarse temeroso.)
- Señor... (Siguen el asalto, avanzando y retrocediendo, sin hacerle caso, y el Criado, viéndose en el peligro, se
pone una careta de esgrima y se acerca decididamente.) Señor…
DON GONZALO.
- ¿Qué quieres, hombre?
CRIADO.
- No, yo es que como me ha llamado el señor...
DON GONZALO.
- Sí, hombre, que recojas esos cacharros.
CRIADO.
- Está bien señor. (Los recoge sin quitarse la careta, luego se marcha huyendo de los golpes de sable, que
continúan.)
DON ARÍSTIDES.
- Tajo. Uno, dos. Salto atrás. Marchar. Uno, dos, tres. Salto atrás. Marchar.
DON GONZALO.
- ¿Vamos?
DON ARÍSTIDES.
- No. (Quitándose la careta.) Con eso y los padrinitos que trae usted, no hace falta más, porque creo que sus
padrinos son Lacasa y Peña.
DON GONZALO.
- Lacasa y Peña.
DON ARÍSTIDES.
- Entonces las condiciones serán durísimas, estoy seguro.
DON GONZALO.
- Imagínese usted.