TITO. (Aterrado.)
- ¿Yo?...
DON GONZALO.
- ¡Usted!... Y por eso, creyéndonos dos viejos ridículos, ha cogido usted el corazón de mi hermana y el mío y los
ha paseado por la ciudad, entre la rechifla de la gente, como un despojo, como un airón de mofa.
TITO.
- ¿Que yo he hecho eso?... ¡Don Gonzalo, por la Santa Virgen!... Hombre, decidle, habladle, hacer el favor. (Los
tres el gesto.)
DON GONZALO.
- Pero para todos llega en la vida una hora implacable de expiación. Usted, hombre jovial, cínico, desapren-
sivo, cruel, no la sentía venir, ¿verdad?... Pues para usted esa hora ha llegado, y es ésta. Siéntese ahí.
TITO. (Muerto de miedo, tembloroso.)
- ¡Don Gonzalo!
DON GONZALO.
- Siéntese ahí. Si usted estuviese en mi lugar y mi hermana fuera la suya y sintiera usted caer sobre su vida
adorada ese dolor amargo y lacerante de la burla de todo un pueblo, ¿qué haría usted conmigo?...
TITO.
- ¡Bueno, don Gonzalo;pero es que yo...! ¡Hombre, por Dios, salvadme!...
DON GONZALO.
- Aquí tiene usted papel, pluma y una pistola...
TITO. (Dando un salto.)
- ¡Don Gonzalo!
DON GONZALO.
- Si conserva un resto de caballerosidad, escriba una ligera exculpación para nosotros y hágase justicia.
TITO. (Enloquecido de horror, coge la pistola tembloroso.)
-¡Ay, por Dios, don Gonzalo, perdón!
DON GONZALO.
- ¡Hágase justicia!
DON MARCELINO.
- ¡Oye; pero hazte justicia hacia aquel lado, que nos vas a dar a nosotros!
TITO. (Cayendo de rodillas.)
- Don Gonzalo, perdón. ¡Ya estoy arrepentido!... Le juro a usted que no volveré más...
DON GONZALO. (Quitándole la pistola violentamente.)
- ¡Cobarde, mal nacido!... ¡Vas a morir!
TITO. (En el colmo del terror, da un salto y se esconde detrás de los tres.)
- ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Salvadme!
NUMERIANO. (Aterrado.)
- ¡Por Dios, don Gonzalo, desvíe el cañón... ; que está usted muy tembloroso!
DON GONZALO.
- ¡Canalla! ¡Miserable!... ¡Que se vaya pronto, que se vaya o le mato!
DON MARCELINO.