ASENSI, MATILDE EL ULTIMO CATON
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-Era de esperar... -afirmó la Roca-. La primera cornisa del Purgatorio de Dante es la de los
soberbios, y, según decía Catón LXXVI, la expiación de este pecado capital tenía que producirse en
la ciudad que era conocida, precisamente, por su falta de humildad. O sea, Roma.
-Así que volvemos a casa -murmuré, agradecida.
-Si salimos de aquí, sí. Aunque no por mucho tiempo, doctora.
-No hemos terminado aún -señalé, volviendo sobre el muro-. Nos falta la última línea: «
El
templo de Maria está bellamente adornado
-Eso no puede ser de la Biblia -apuntó el profesor, frotándose las sienes; el pelo, sucio de
tierra y sudor, le caía sobre la cara-. No recuerdo que en ninguna parte se hable de un templo de
María.
-Estoy casi segura de que es un fragmento del Evangelio de Lucas, aunque modificado con
la mención a la Virgen. Supongo que nos están dando una pista o algo así.
-Ya lo estudiaremos cuando volvamos al Vaticano -sentenció la Roca.
-Es de Lucas, seguro -insistí, presumiendo de buena memoria-. No sabría decir qué capítulo
ni qué versículo, pero es del momento en que Jesús profetiza la destrucción del Templo de
Jerusalén y las futuras persecuciones contra los cristianos.
-En realidad, cuando Lucas escribió esas profecías poniéndolas en boca de Jesús -señaló
Boswell-, entre los años ochenta y noventa de nuestra era, esas cosas ya habían ocurrido. Jesús no
profetizó nada.
Le miré friamente.
-No me parece un comentario muy apropiado, Farag.
-Lo lamento, Ottavía -se disculpó-. Creí que lo sabias.
-Lo sabía -repuse, bastante enfadada-. Pero ¿para qué recordarlo?
-Bueno... -tartamudeó-, siempre he pensado que es bueno conocer la verdad.
La Roca se puso en pie, sin meter baza en nuestra discusión, y, recogiendo su mochila del
suelo, se la colgó del hombro y se internó por el corredor que conducía a la salida.
-Si la verdad hace daño, Farag -le espeté, llena de rabia, pensando en Ferma, Margherita y
Valeria, y en tanta otra gente-, no es necesario conocerla.
-Tenemos opiniones diferentes, Ottavia. La verdad siempre es preferible a la mentira.
-¿Aunque haga daño?
-Depende de cada persona. Hay enfermos de cáncer a los que no se les puede decir cuál es
su mal; otros, sin embargo, exigen saberlo -me miró fijamente, sin parpadear por primera vez desde
que le conocía-. Creía que tú eras de esta última clase de gente.
-¡Doctora! ¡Profesor! ¡La salida! -voceó Glauser-Róist, a no mucha distancia.
-¡Vamos, o nos quedaremos aquí dentro para siempre! -exclamé, y eché a andar por el
corredor, dejando solo a Farag. Salimos a la superficie a través de un pozo seco situado en mitad de
unos montes salvajes y quebrados. Estaba anocheciendo, hacía frío y no teníamos ni la menor idea
de dónde nos encontrabamos. Caminamos durante un par de horas siguiendo el curso de un río que,
en sus tramos más largos, circulaba por un estrecho cañón, y luego dimos con un camino rural que
nos condujo hasta una finca privada, cuyo amable propietario, acostumbrado a recibir senderistas
perdidos, nos informó de que nos encontrábamos en el valle del Anapo, a unos 10 kilómetros de
Siracusa, y que habíamos estado recorriendo, de noche, los montes Iblei. Poco después, un vehículo
del Arzobispado nos recogía en la finca y nos devolvía a la civilización. No podíamos contarle nada
a Su Excelencia Monseñor Giuseppe Arena de nuestra aventura, así que cenamos rápidamente en la
Archidiócesis, recuperamos nuestras bolsas de viaje y salimos a toda prisa hacia el aeropuerto de
Fontanarossa, a 50 kilómetros de distancia, para tomar el primer vuelo que saliera esa noche hacia
Roma.
Recuerdo que, ya en el avión, mientras nos abrochábamos los cinturones antes de despegar,
me vino a la cabeza, de pronto, el anciano sacristán de Santa Lucía y me pregunté qué le habrían