17
—¡Vamos, Observador! Usted procede del Noventa y cinco y ambos sabemos lo
que eso significa. Sin duda este Siglo le desagrada.
Harlan se encogió levemente de hombros.
—¿Ha encontrado en mis informes algo que le haga pensar tal cosa?
Era casi una impertinencia, y los dedos de Finge, tamborileando sobre la mesa,
traicionaron su contrariedad. Al fin dijo:
—Conteste a mi pregunta.
—En un aspecto sociológico —dijo Harlan—, muchas facetas de este Siglo
representan puntos extremos. Los tres últimos Cambios de Realidad han acentuado
esa situación. Supongo que eso debe ser corregido eventual—mente. Nunca conviene
tal alejamiento del término medio.
—¿Quiere decir que se ha tomado la molestia de comprobar los resultados de
los últimos Cambios que afectan a este Siglo?
—Como Observador, debo estudiar todos los hechos pertinentes.
Harlan, en efecto, tenía el derecho y la obligación de conocer aquellos hechos.
Finge lo sabía. Todos los Siglos eran sacudidos continuamente por los Cambios de
Realidad. Ninguna Observación, por cuidadosa que fuese, podía considerarse definitiva
por mucho tiempo, sin ser verificada periódicamente. Una de las normas de la
Eternidad era el someter a todos y cada uno de los Siglos a una Observación continua.
Y para observar correctamente, uno debía ser capaz de presentar, no sólo los hechos
de la Realidad presente, sino también su relación con los hechos de las Realidades
anteriores.
Sin embargo, a Harlan le pareció que había algo más que curiosidad en aquellas
preguntas de Finge, en aquel interrogatorio sobre las opiniones de Harlan. Finge
demostraba una evidente hostilidad.
En otra ocasión Finge le dijo a Harlan, después de presentarse sin previo
anuncio en el pequeño despacho de este último:
—Sus informes han creado una impresión muy favorable en el Gran Consejo
Pantemporal.
Harlan no supo qué replicar a esto, por lo que se limitó a decir:
—Muchas gracias.
—Todos parecen estar de acuerdo en que denotan un grado extraordinario de
penetración.
—Lo hago lo mejor que puedo.
Finge cambió de tema inopinadamente:
—¿Conoce al Jefe Programador Twissell?
—¿Al Programador Twissell? —los ojos de Harlan se agrandaron—. No, señor.
¿Por qué me lo pregunta?
—Parece muy interesado en sus informes. Finge apretó los labios y luego
cambió nuevamente de conversación:
—Tengo la impresión de que usted ha desarrollado su propia filosofía de la
Historia, un punto de vista original.