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tolerar una distribución injusta de la riqueza para dedicarse a corregir otros males
menos llamativos.
Contra su voluntad, Harlan empezaba a comprender ese punto de vista.
Normalmente sus estancias nocturnas en el Tiempo normal le llevaban a hoteles en los
distritos más pobres, donde uno pudiera pasar desapercibido, donde nadie hacía caso
de los forasteros, donde una presencia más o menos no significaba nada y, por lo tan-
to, apenas estremecía la trama de la Realidad. Cuando aun eso era peligroso, cuando
existía la posibilidad de que la intrusión sobrepasase el punto crítico e hiciese
derrumbarse una parte importante del castillo de naipes de la Realidad, lo corriente
era dormir debajo de un seto en el campo.
Y normalmente, primero era preciso explorar más de un seto, para comprobar
cuál de ellos no sería visitado durante la noche por granjeros, vagabundos o inclusive
perros callejeros.
Pero esta vez, Harlan contemplaba las cosas desde el otro extremo de la escala
social. Dormía en una cama, sobre colchón de materia energizada, una rara mezcla de
materia y energía que sólo estaba al alcance de las clases más ricas de la sociedad. En
todos los Tiempos, dicho material era menos corriente que la materia pura, pero más
que la energía pura. En todo caso se amoldaba perfectamente al cuerpo de Harlan,
firme cuando permanecía quieto y blando cuando rebullía en su sueño.
Harlan hubo de admitir que tales comodidades resultaban atractivas, y
comprendió la sabiduría de la Eternidad al disponer que todas las Secciones se
adaptaran al término medio de su Siglo, en vez de disfrutar de las máximas
comodidades. De este modo, uno podía mantenerse en contacto con todos los
problemas del Siglo, sin identificarse demasiado estrechamente con ninguno de sus
extremos sociales.
Resultaba fácil, pensó Harlan aquella primera noche, vivir como un aristócrata.
Y antes de quedarse dormido, pensó en Noys.
Soñó que se encontraba en el Gran Consejo Pantemporal, con las manos
entrelazadas en gesto severo. Veía a un diminuto, muy diminuto Finge, que escuchaba
con horror la sentencia que lo desterraba de la Eternidad, condenado a perpetua
Observación en un Siglo arcano del más alejado hipertiempo. Las fatales palabras de la
sentencia surgían lentamente de la boca de Harlan, y sena su lado estaba Noys
Lambent.
Al principio Harlan no se había dado cuenta de ello, pero luego miró de repente
hacia ella, y sus palabras se hicieron entrecortadas.
¿Es que los demás no podían verla? Los otros miembros del Gran Consejo
miraban fijamente hacia delante, excepto Twissell. Éste se inclinó y le sonrió a Harlan,
mirando a través de la muchacha, como si ésta no se encontrase allí.
Harlan quiso ordenarle que se marchase, pero las palabras no brotaban de sus
labios. Trató de golpear a la muchacha, pero su brazo se movió despacio, muy
despacio y ella no se movió. Seguía inmóvil a su lado. Tenía la piel helada.
Finge ahora se reía, reía, reía...
De súbito se dio cuenta de que estaba despierto y que era Noys la que reía.
Harlan abrió los ojos a la brillante luz del sol y contempló a la muchacha por un
momento, antes de darse cuenta de dónde estaban y quién era ella.