61
Respiró hondo, tratando de conservar la calma. Era ridículo identificarse tanto
con aquellos libros, sentir que un desprecio hacia ellos era también un desprecio hacia
él mismo.
—Me atrevería a decir —continuó Finge, insistiendo en el tema— que todo el
contenido de estos libros podría ser microfilmado en dos metros de película y guardado
en un dedal. ¿Qué contienen estos libros?
—Son tomos encuadernados de una revista del Siglo Veinte —dijo Harlan.
—¿Usted lee esas cosas? Harlan contestó con orgullo:
—Éstos son sólo algunos volúmenes de la colección completa que poseo. No
existe otra colección como ésta en todas las bibliotecas de la Eternidad.
—Ya comprendo. Se trata de una afición suya. Recuerdo que una vez me contó
su interés hacia los Primitivos. Es raro que su Instructor autorizase una cosa
semejante. Es malgastar su energía.
Harlan apretó los labios. Aquel hombre, decidió, estaba tratando de enfurecerlo
y hacerle perder la serenidad. No podía permitir que se saliera con la suya.
Por ello respondió secamente:
—Tengo entendido que ha venido aquí para hablarme de mi informe.
—En efecto.
El Programador miró a su alrededor, escogió una silla y se sentó con grandes
precauciones.
—No está completo, como ya le dije por el intercomunicador.
—¿A qué se refiere?
«Debo conservar la calma», pensó Harlan. Finge inició una sonrisa nerviosa.
—¿Qué ocurrió, que no haya mencionado en su informe, Harlan?
—Nada, señor.
Y aunque lo dijo con entereza, no las tenía todas consigo.
—¡Vamos, Ejecutor! Ha pasado varios períodos de tiempo en compañía de la
joven. ¿O es que no siguió las instrucciones del programa? Supongo que lo ha
obedecido exactamente.
Harlan estaba tan atenazado por su conciencia que ni siquiera replicó ante
aquel declarado ataque a su competencia profesional.
Sólo pudo contestar:
—Lo he seguido en todos sus puntos.
—¿Y qué sucedió? Su informe no dice nada de los períodos pasados a solas con
la mujer.
—No sucedió nada importante —dijo Harlan, con la garganta seca.
—Eso es absurdo. A su edad y con su experiencia, no necesita que yo le diga
que un Observador no debe opinar sobre lo que es importante y lo que no lo es.
Los ojos de Finge estaban clavados en Harlan. Eran mucho más duros y
desafiantes de lo que justificaban sus tranquilas preguntas.