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Un impulso de ira le agitó. ¡Precisamente en aquel momento! Cuando las cosas
parecían inclinarse a su favor, llegaba aquel desastre. La maldición de aquel fatal error
al entrar en el 482.° aún seguía ejerciendo su maligna influencia sobre él.
Salvajemente lanzó la cabina en la dirección opuesta hacia el hipotiempo,
obligándola a mantener su máxima velocidad. Por lo menos seguía libre en una
dirección, libre para hacer lo que quisiera. Con Noys prisionera detrás de aquella
barrera y fuera de su alcance, ¿qué más podían hacerle? ¿Qué otra cosa podía temer?
Llegó al 575.° y saltó de la cabina con un atrevido desprecio por todo lo que le
rodeaba. Se dirigió a la biblioteca de la Sección sin hablar con nadie, sin mirar a nadie.
Abrió una vitrina y cogió lo que deseaba sin preocuparse de mirar a su alrededor para
comprobar si era vigilado. ¡Qué le importaba!
De nuevo entró en una cabina y se dirigió hacia el hipotiempo. Sabía
exactamente lo que iba a hacer. Lanzó una ojeada al gran reloj colocado en la estación
de los Tubos y que medía el Fisio-Tiempo oficial, marcando los días y los tres turnos de
trabajo en que se dividía el fisio-día de la Eternidad. Finge estaría ahora en sus
habitaciones y aquello le complació.
Cuando llegó al 482.°, Harlan sintió que su piel ardía como si tuviera fiebre. Su
boca estaba seca y áspera. Le dolía el pecho. Pero sentía el duro contacto del arma
que llevaba debajo de la camisa, mientras la apretaba firmemente con el brazo contra
su costado. Aquélla era la única sensación que le importaba.
El ayudante Programador Hobbe Finge alzó la vista para mirar a Harlan, y la
sorpresa reflejada en sus ojos lentamente se transformó en preocupación.
Harlan le observaba en silencio desde la puerta, esperando a que la
preocupación del otro creciera y se transformara en temor. Cerró la puerta a sus
espaldas y se dirigió lentamente hacia Finge, colocándose entre éste y la pantalla del
intercomunicador.
Finge estaba desnudo hasta la cintura. Tenía ralos pelos en el pecho y su
grasiento abdomen se doblaba por encima del cinturón.
Parece insignificante, pensó Harlan con satisfacción, insignificante y
desagradable. Mucho mejor.
Metió la mano derecha dentro de la camisa y empuñó firmemente la culata de
su arma.
— Nadie me ha visto entrar, Finge — dijo Harlan — ; de manera que no espere
socorro. Nadie va a venir. Observe, Finge, que está tratando con un Ejecutor. ¿Sabe lo
que significa eso?
Su voz era áspera. Le molestaba que Finge no diese muestras de miedo y sólo
apareciese la preocupación en sus ojos. Finge tranquilamente alcanzó su camisa y, sin
pronunciar palabra, empezó a ponérsela.
Harlan continuó:
— ¿Conoce las ventajas de ser un Ejecutor, Finge?
Usted nunca lo ha sido, conque no puede comprenderlo. Significa que nadie se
fija adonde va o lo que hace. Todos apartan los ojos y se esfuerzan tanto en no
vernos, que llegan a conseguirlo. Yo podría, por ejemplo, dirigirme a la biblioteca de la
Sección y apoderarme de cualquier cosa que me interesara, mientras el bibliotecario
me da la espalda para no tener que saludarme y no ve nada de lo que yo hago. Puedo
pasearme por los pasillos del Cuatrocientos ochenta y dos, y cualquiera que se cruce