No podía saber (o de haberlo sabido, no le hubiera importado entonces) que existía
una tremenda obstinación en Hallara, la temerosa urgencia del mediocre de salvaguardar
su orgullo, gracias a la cual llegaría más lejos que Denison, pese a la natural inteligencia
de este último.
Hallara puso manos a la obra y se dedicó por entero a ella. Llevó su metal al
departamento de espectrografía de masas. Como químico en radiación, se trataba de un
paso natural. Conocía a los técnicos, había trabajado con ellos y era persuasivo. Era
persuasivo hasta tal extremo, que su encargo tomó la delantera a proyectos de mucha
más urgencia y envergadura.
El espectrógrafo le comunicó al fin:
Pues bien, esto no es tungsteno.
El rostro ancho y grave de Hallam se distendió en una dura sonrisa.
- Muy bien. Se lo diremos al niño prodigio de Denison. Quiero un informe y...
- Espere un momento, doctor Hallam. Le he dicho que no es tungsteno, pero eso no
significa que sepa de qué se trata.
- ¿Cómo no lo sabe?
- Me refiero a que los resultados son ridículos. - El técnico reflexionó unos momentos -.
Imposibles, en realidad. La relación carga - masa es absurda.
- ¿Absurda en qué sentido?
- Demasiado alta. Es sencillamente imposible.
- Bien. En tal caso - dijo Hallam, y excluyendo El motivo que le impulsaba, su siguiente
observación se puso en el camino hacia el Premio Nóbel, y podría incluso decirse,
merecidamente -, consiga la frecuencia de su radiación característica y calcule la carga
absoluta. No se contente con sentarse y repetir: que algo es imposible.
El técnico estaba excitado cuando entró en la oficina de Hallam algunos días después.
Este último ignoró la excitación de su interlocutor (nunca había sido sensible) y
preguntó:
- ¿Ha encontrado...? - Dirigió entonces una mirada suspicaz a Denison, que se hallaba
ante su mesa en su propia oficina, y fue a cerrar la puerta -. ¿Ha encontrado la carga
nuclear?
- Sí, pero es imposible.
- Entonces, Tracy, vuelva a empezar.
- Lo he hecho una docena de veces. Es imposible.
- Si ha realizado una medición, no discuta con los hechos.
Tracy se rascó la oreja y replicó:
- Tengo que hacerlo, doctor. Si tomo en serio las mediciones, entonces lo que usted me
ha dado es plutonio-186.
- ¿Plutonio-186? ¿Plutonio-186?
- La carga es 94. La masa es 186.
- Pero esto es imposible. No existe un isótopo semejante. No puede existir.
- Es lo mismo que le estoy diciendo. Pero éstas son las mediciones.
- Pero una situación así nos da un núcleo con cincuenta neutrones de menos. No
puede haber un plutonio-186. Es. imposible meter noventa y cuatro protones en un núcleo
de sólo noventa y dos neutrones y lograr que permanezcan fusionados ni siquiera una
trillonésima de segundo.
- Esto mismo le estoy diciendo, doctor - dijo Tracy, pacientemente.
Y entonces, Hallara se detuvo a pensar. Le faltaba el tungsteno, y uno de sus isótopos,
el tungsteno-186, era estable. El tungsteno-186 tenla setenta y cuatro protones y ciento
doce neutrones en su núcleo. ¿Era posible que algo hubiese convertido los veinte
neutrones en veinte protones? Seguramente era imposible.
- ¿Hay alguna señal de radiactividad? - preguntó Hallara, buscando a tientas una salida
del laberinto.