Por qué había de importarle el frío, pensó, cuando acababa de ser cebada para que
cumpliera con su obligación; cebada mental y físicamente? Después de aquello, el frío y
el hambre eran casi amigos suyos.
Comprendía a Tritt. El pobre, ¡era tan transparente! Sus acciones eran puro instinto y
merecía un aplauso por haberlo seguido con tanta valentía. Había vuelto sin incidentes de
las cavernas de los Duros, llevando su bola de comida (y ella, ella misma le había captado
y hubiese sabido qué llevaba consigo si Tritt no hubiera estado tan paralizado por el terror
de lo que hacía que ni siquiera se atrevía a pensarlo, y si ella no hubiese tenido, a su vez,
tanto miedo de ser sorprendida en aquel acto, que le. producía una sensación tan intensa
que era incapaz de sentir lo que ocurría en torno suyo, en el momento que más lo
necesitaba).
Tritt había vuelto sin ser descubierto y había preparado la lastimosa trampa, pues
decoró su comedero para atraerla a él. Y Dua había llegado, trémula de sensibilidad tras
su fusión con la roca, llena de vergüenza y de piedad hacia Tritt. Pese a la vergüenza y a
la piedad, había comido, de modo que ayudaba a iniciar una nueva vida.
Desde entonces apenas había comido, según su costumbre, y ninguna vez en el
comedero quizá porque nada la impulsaba a hacerlo. Tritt no hizo nada para tentarla.
Parecía satisfecho (con razón) y, por lo tanto, no se produjo ningún incidente que
reactivara su vergüenza. Tritt dejó la bola de comida en su lugar. No se atrevía a
devolverla; había conseguido sus propósitos, lo mejor y lo más fácil era dejarla allí y
olvidarla.
Hasta que fue descubierto.
Pero el inteligente Odeen debió adivinar el plan de Tritt, debió observar las conexiones
nuevas de los electrodos, debió comprender la idea de Tritt. Sin duda, no dijo nada a este
último; ello hubiese turbado y asustado a su pobre lado-derecho, y Odeen siempre trataba
a Tritt con amoroso cuidado.
Naturalmente, no era preciso que Odeen dijese nada. Lo único que tenía que hacer era
secundar el torpe plan de Tritt y lograr que se realizase.
Dua ya no se hacía ilusiones. Hubiese detectado el sabor de la bola de comida,
observando su fuerza extraordinaria, hubiera notado que la iba invadiendo sin
comunicarle una sensación de plenitud; de no ser por Odeen, que la había distraído con
su conversación.
Había sido una conspiración entre ellos dos, ya fuese Tritt consciente de ello o no.
¿Cómo pudo creer Dua en la repentina asiduidad de Odeen en su papel de maestro?
¿Cómo dejó de percibir en ello un motivo ulterior? Los cuidados que le prodigaban sólo
iban destinados a la consumación del nuevo tríade, lo cual indicaba con claridad la poca
estimación que le profesaban.
Bueno...
Se detuvo lo suficiente para sentir la propia fatiga, y se arrastró hasta un intersticio
entre las rocas para protegerse del viento frío. Dos de las siete estrellas lucían en su
campo de visión y las contempló con expresión ausente, ocupando sus sentidos
exteriores en trivialidades, con el fin de concentrarse mejor en sus pensamientos.
Estaba decepcionada.
«Me han traicionado - murmuró para sus adentros -. ¡Me han traicionado!.
¿Es que eran incapaces de ver más allá de sí mismos?
El hecho de que Tritt prefiriese verlo todo destruido con tal de procurarse el tercer niño
podía darse por sentado. Era un producto del instinto. Pero, ¿y Odeen?
Odeen razonaba; ¿significaba esto que para ejercitar su razón tenía que sacrificarlo
todo? ¿Acaso todos los productos de la mente eran su propia justificación... a cualquier
precio? ¿Justificaba el hecho de que Estwald hubiese inventado la Bomba de Positrones,
la destrucción del mundo entero, de los Seres Duros y Blandos, y de los habitantes del