algunos? --En seguida. Quiero que lo vea Robbie también.
¡"Robbie"!... -Se detuvo, vacilante, y frunció el ceño-
Apostaría a que se ha encerrado en su cuarto, enojado conmigo
porque no le he llevado al visivoz. Tendr s que explicárselo, pap . A
mí quiz no me creería, pero si se lo dices tú sabrá que es verdad.
Weston se mordió los labios. Miró a su mujer, pero ella apartaba la
vista.
Gloria dio r pidamente la vuelta y bajó los escalones del sótano al
tiempo que gritaba: --¡Robbie..., ven a ver lo que me han traído pap y
mamá! ¡Me han comprado un perro, Robbie!
Al cabo de un instante, había regresado asustada.
--Mamá, Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? -No hubo
respuesta; George Weston tosió y se sintió repentinamente
interesado por una nube que iba avanzando perezosamente por el
cielo. La voz de Gloria estaba preñada de l grimas-. ¿Dónde está
Robbie, mamá? Mrs. Weston se sentó y atrajo suavemente a su hija
hacia ella.
--No te importe, Gloria. Robbie se ha marchado, me parece.
--¿Marchado?... ¿Adónde? ¿Adónde se ha marchado, mamá?
--Nadie lo sabe, hijita. Se ha marchado. Lo hemos buscado y buscado
por todas partes, pero no lo encontra mos.
--¿Quieres decir que no va a volver nunca más? -sus ojos se
redondeaban por el horror.
--Quiz lo encontraremos pronto.
Seguiremos buscándolo. Y entretanto puedes jugar con el perrito.
¡Míralo!
Se llama "Rel mpago" y sabe...
Pero Gloria tenía los p rpados bañados en l grimas.
--¡No quiero el perro feo! ¡Quiero a Robbie! ¡Quiero que me
encuentres a Robbie!
Su desconsuelo era demasiado hondo para expresarlo con
palabras, y prorrumpió en un ruidoso llanto.
Mrs. Weston pidió auxilio a su marido con la mirada, pero él seguía
balanceando rítmicamente los pies y no apartaba su ardiente mirada
del cielo, de manera que tuvo que inclinarse para consolar a su hija.
--¿Por qué lloras, Gloria? Robbie no era más que una máquina, una