--¿Un robot?... -preguntó el Robot Parlante un poco perplejo.
--Sí, míster Robot. Un robot como usted, salvo que, naturalmente, no
sabe hablar y que..., parece una persona de veras.
--¿Un-robot-como-yo? --Sí, míster Robot.
A lo cual el robot parlante sólo contestó con un ruido de engranajes y
un sonido incoherente. Trató de ponerse lealmente a la altura de su
misión y se fundieron media docena de bobinas. Zumbaron algunas
señales de alarma.
(En aquel momento la muchacha de diez años se marchó. Tenía
bastante para su primer artículo sobre "Aspectos Pr cticos del
Robotismo". Era el primero de los varios que tenía que escribir Susan
Calvin sobre este tema).
Gloria permanecía de pie con mal disimulada impaciencia,
esperando la respuesta del robot, cuando oyó un grito detr s de ella.
--¡Allí está! -Y en el acto reconoció la voz de su madre-. ¿Qué estás
haciendo aquí, mala muchacha? -exclamó, su ansiedad
transformándose en el acto en cólera-. ¿No sabes el miedo que has
hecho pasar a pap y mamá? ¿Por qué te has escapado? El ingeniero
del robot había aparecido también, mes ndose los cabellos y
preguntando quién diablos había estropeado la máquina.
--¿Es que no saben ustedes leer? ¿No saben que no tienen derecho
a estar aquí sin ir acompañados? Gloria levantó su ofendida voz.
--He venido sólo a ver el Robot Parlante, mamá. Pensé que quiz
sabría dónde estaba Robbie, puesto que los dos son robots. -Y al
aparecer en su mente el recuerdo de Robbie, estalló en una
tempestad de l grimas-. ¡Tengo que encontrar a Robbie, mamá, tengo
que encontrarlo!
--¡Ah, Dios mío, esto es más de lo que soy capaz de soportar!
-exclamó Mrs. Weston ahogando un grito-.
¡Volvamos a casa, George!
Aquella tarde, George se ausentó durante algunas horas y a la
mañana siguiente se acercó a su mujer en una actitud
sospechosamente complaciente.
--He tenido una idea, Grace.
--¿Sobre qué? -preguntó ella con soberana indiferencia.
--Sobre Gloria.
--¿No vas a proponer devolverle el robot? --No, desde luego que no.