estación, era infinitamente deprimente. Donovan debió de darse
cuenta, porque empezó: --He tratado de localizarlo por radio, pero ha
sido inútil. La radio es inoperante en la cara solar de Mercurio, a más
de tres kilómetros en todo caso. Este es uno de los motivos por los
cuales pas is la primera expedición. Y no podemos instalar el equipo
de ultraonda antes de algunas semanas...
--Deja todo esto. ¿Qué has conseguido? --He localizado la señal de
un cuerpo inorganizado en la onda corta.
No he conseguido más que la posición
He seguido su rastro durante dos horas y he anotado los resultados
en el mapa.
Llevaba en el bolsillo un cuadrado de pergamino, reliquia de la
infructuosa primera expedición, y lo arrojó sobre la mesa con rabia,
extendiéndolo con la palma de la mano. Powell, con las manos sobre
el pecho, lo observaba a distancia. El l piz de Donovan señaló
nerviosamente.
--La cruz roja es el pozo de selenio. Tú mismo lo marcaste.
--¿Cu l de ellos? -interrumpió Powell-. Mac-Dougal localizó tres antes
de marcharse.
--He mandado a Speedy al más próximo, naturalmente. A veintiocho
kilómetros de aquí. Pero, ¿qué diferencia hay? -añadió con la voz
tensa-.
Aquí hay los puntos de l piz que marcaban la posición de Speedy.
Por primera vez el estudiado aplomo de Powell falló y tendió las
manos hacia el mapa.
--¿Lo dices en serio? Esto es imposible.
--Pues así es -gruñó Donovan.
Los diminutos puntos de l piz formaban un vago círculo alrededorde
la cruz roja del pozo de selenio. Y Powell se atusó el bigote, infalible
signo de ansiedad.
--Durante las dos horas que lo he seguido -prosiguió Donovan- dio
cuatro vueltas alrededor del pozo. Me parece que va a seguir así
siempre.
¿Te das cuenta de la situación en que nos encontramos? Powell
levantó un instante la vista pero no dijo nada. Sí, se daba muy bien
cuenta de la situación en que estaban. Aparecía tan clara como un