--Sí, sí... -reconoció Donovan modestamente-. Se trata sólo de
recordar que el cido ox lico, al calentarse, se descompone en bióxido
de carbono, agua y el buen viejo monóxido de carbono. Química de
primer año, ya sabes...
Powell se había puesto de pie y llamó la atención de uno de los
monstruosos robots.
--Oye, ¿sabes tirar cosas? --¿Señor...? --Es igual. -Powell maldijo el
torpe y lento cerebro del robot.
Cogió del suelo un trozo de roca del tamaño de un ladrillo-. Toma
esto -le dijo- y tíralo al espacio más allá de la hendidura. ¿Lo ves?
--Está demasiado lejos, Greg -dijo Donovan, tocándole el hombro-.
Hay casi un kilómetro.
--Calla -respondió Powell-. Hay que contar con la gravedad de
Mercurio y que un brazo de acero lo lanza.
¡Fíjate, quieres...!
Los ojos del robot estaban midiendo la distancia con una minuciosa
precisión estereoscópica. Su brazo se ajustó solo al peso del
proyectil y se echó atr s. En la oscuridad, los movimientos del robot
eran invisibles, pero se oyó el ruido silbante producido por el
lanzamiento y segundos después la piedra apareció, destacándose
en negro sobre la luz del sol. No había resistencia del aire para fre
narla, ni viento para apartarla de su camino, y cuando cayó al suelo
levantó trozos de cristal en el preciso centro de la "mancha azul".
Powell lanzó un aullido de júbilo y exclamó: --Vamos a buscar el cido
ox lico, Mike.
Mientras penetraban de nuevo en la arruinada subestación que
llevaba al túnel, Donovan dijo, con rabia: --Speedy no se ha movido
de este lado del pozo de selenio desde que andamos detr s de él,
¿te has fijado? --Sí.
--Me parece que quiere jugar.
¡Bien, pues jugaremos con él!
Pocas horas después estaban de regreso con tres jarras de a litro
de un producto químico blanco y las caras largas. La barrera de
fotocélulas se estaba deteriorando más r pidamente de lo que
hubiera podido preverse. Los dos robots avanzaron en silencio por la
parte soleada hacia Speedy, que estaba esperando. Al verlos, galopó
nuevamente hacia ellos.