--Aquí estamos otra vez...
"¡Jeee!". He hecho la lista del piano y el organista. Es como el que
bebe "pippermint" y te lo escupe a la cara.
--Nosotros vamos a escupirte algo a la cara -murmuró Donovan-.
Cojea, Greg.
--Ya me he fijado -respondió éste en voz baja-. El monóxido lo atacar
, si no nos damos prisa.
Avanzaban cautelosamente, casi desliz ndose, para evitar poner en
movimiento el robot irracional. Powell estaba todavía demasiado lejos
para decirlo con seguridad, pero hubiera jurado que el perturbado
cerebro de Speedy se disponía a echar a correr.
--¡Vamos allá! -jadeó-. Cuenta hasta tres. ¡Uno!... ¡Dos!
Dos brazos de acero se echaron atr s simultáneamente y agarrando
las dos jarras de cristal las lanzaron al aire describiendo dos arcos
paralelos
Brillaban como diamantes bajo el insostenible sol. Y en el espacio de
dos segundos, se estrellaron en el suelo detr s de Speedy,
desprendiendo el cido ox lico pulverizado.
Bajo el potente calor del sol de Mercurio, Powell sabía que hervía
como el agua de seltz.
Speedy se volvió a mirarlos, después se apartó lentamente y fue
ganando velocidad. A los quince segundos corría directamente hacia
los dos seres humanos. Powell no entendió las palabras de Speedy,
pero le pareció entender que se referían a las profesiones de los
herejes. Se volvió.
--¡Al acantilado, Mike! Ha salido ya del surco y obedecerá las
órdenes.
Empieza a tener calor.
Se dirigieron hacia las sombras al lento paso de sus monturas y sólo
cuando hubieron entrado y sentido el agradable frescor que reinaba a
su alrededor, Donovan se volvió: --¡"Greg"!
Powell miró y refrenó un grito.
Speedy avanzaba lentamente ahora..., muy lentamente..., y en
"dirección opuesta". Volvía atr s; volvía a su surco; e iba ganando
velocidad. A través de los binoculares parecía terriblemente cerca,
pese a que estaba terriblemente fuera de su alcance.