--Ni aun cuando el robot esté medio lo... Bien, esté borracho. Ya lo
sabes.
--Es el riesgo que hay que correr...
--¿Qué piensas hacer? --Voy a salir y ver qué efecto produce la Ley
Primera. Si no rompe el equilibrio..., todo al diablo; lo mismo da ahora
que dentro de tres o cuatro días.
--Escucha, Greg. Hay también reglas humanas de conducta que
observar. No vas a salir así tranquilamente. Imaginemos que es una
lotería y dame a mí también una oportunidad.
--Muy bien. El primero que saque el cubo de catorce, va. -Y casi
inmediatamente añadió-: ¡Veintisiete, coma, cuarenta y cuatro!
Donovan sintió que su robot se tam baleaba bajo un súbito empujón
del de Powell y lo vio salir al sol. Donovan abrió la boca para gritar,
pero volvió a cerrarla. Desde luego, el muy granuja había calculado el
cubo de catorce por anticipado. Muy digno de él.
El sol abrasaba más que nunca y Powell sentía un dolor
enloquecedor en la espalda. Su imaginación, probablemente, o quiz la
fuerte irradiación que comenzaba a atravesar incluso su insotraje.
Speedy lo estaba contemplando sin decir una palabra, ni incoherente
ni de bienvenida. ¡Gracias a Dios!
Pero no se atrevía a acercarse demasiado.
Estaba a unos trescientos metros de él cuando Speedy empezó a
retroceder, paso a paso, cautelosamente, y Powell se detuvo. Saltó
de los hombros del robot al suelo cristalino levantando algunos
fragmentos.
Prosiguió a pie resbalando a cada paso, y la baja gravedad
aumentaba sus dificultades. Las suelas de sus zapatos se pegaban
por efecto del calor.
Dirigió una mirada atr s hacia el negro acantilado y se dio cuenta de
que había ido demasiado lejos para retroceder, solo, o con la ayuda
del robot. Sin Speedy estaba perdido, y esta idea producía una gran
angustia en su pecho.
¡Bastante lejos! Se detuvo.
--¡Speedy! -llamó-. ¡Speedy!
El esbelto robot moderno vaciló, detuvo su retroceso un instante y lo
reanudó.
Powell trató de dar una nota plañidera a su voz y vio que el resultado