--Celebro que los ingenieros no hayan inventado todavía el robot que
pueda trabajar en la oscuridad total.
Me horrorizaría encontrar siete robots en un pozo negro sin
radiocomunicación, si no estuviesen "iluminados" como rboles de
Navidad radiactivos.
--Trepa a este reborde superior, Mike. Vienen por aquí y quiero
observarlos de cerca. ¿Puedes? Mike pegó el salto con un gruñido.
La gravedad era considerablemente más baja que la normal de la
Tierra, pero, con un traje pesado, la ventaja no era tan grande, y el
reborde representaba un salto de no menos de tres metros. Powell lo
siguió.
La columna de robots seguía a Dave en fila india. Con una
regularidad mecánica convertían la fila sencilla en doble y volvían a
pasar a sencilla en diferente orden.
Lo repetían una y otra vez y Dave nunca volvía la cabeza.
Dave estaba a unos seis metros cuando la comedia cesó. Los
robots subsidiarios rompieron la formación, esperaron un momento, y
desaparecieron en la distancia..., r pidamente. Dave miró hacia ellos,
después, lentamente, se sentó. Apoyó la cabeza en una de sus
manos, en una postura completamente humana.
--¿Estás aquí, jefe? -dijo su voz en uno de los auriculares de Powell.
Powell hizo un signo a Donovan y saltó del reborde.
--No sé... -dijo el robot moviendo la cabeza-. Hace un momento
estaba sacando una considerable producción en Túnel 17 y en el acto
me di cuenta de una presencia humana por las cercanías, y me he
encontrado casi un kilómetro más abajo del túnel.
--¿Dónde están los subsidiarios, ahora? -preguntó Donovan.
--Trabajando, desde luego. ¿Cu nto tiempo se ha perdido? --No
mucho. Olvídalo. -Volviéndose hacia Donovan, Powell añadió-:
quédate con él el resto del turno.
Después, ven. Tengo un par de ideas.
Transcurrieron tres horas antes de que Donovan regresase. Parecía
cansado.
--¿Cómo ha ido esto? -preguntó Powell.
--No pasa nunca nada cuando se los vigila. Dame un cigarrillo...
El pelirrojo lo encendió con solícito cuidado y echó al aire un anillo