Los relucientes robots estaban aglomerados quince metros más
abajo, en el túnel principal. Los brazos metálicos trabajaban
laboriosamente en el montón de escombros creado por la última
explosión.
--No perdamos tiempo -dijo Donovan con afán-. No tardar n mucho
en terminar y la próxima explosión puede alcanzarnos.
--¡C spita, no me des prisa! -Po well sacó el detonador y sus ojos
buscaron afanosamente a través del fondo polvoriento, donde la
única luz era la de los robots y era imposible ver una roca saliente en
la oscuridad.
--Hay un punto en el techo, casi encima de ellos. La última explosión
no lo ha derribado del todo. Si puedes alcanzarlo en la base, la mitad
del techo se vendrá abajo.
Powell siguió la dirección del delgado dedo.
--¡Cuidado! Ahora fija tu mirada en los robots y reza por que no se
vayan demasiado lejos en esta parte del túnel. Son mis fuentes de
luz.
¿Están los siete allí? --Los siete -dijo Donovan después de haberlos
contado.
--Bien, entonces, obsérvalos. Fíjate en todos sus movimientos.
Levantó el detonador y apuntó, mientras Donovan vigilaba y
pestañeaba bajo el sudor que se metía en sus ojos. Disparó.
Hubo una sacudida, una serie de fuertes vibraciones y una nueva
sacudida más fuerte que arrojó a Powell con fuerza contra Donovan.
--¡Greg, me has empujado! -gritó Donovan-. No veo nada...
--¿Dónde están? -preguntó Powell con violencia.
Donovan guardaba un estúpido silencio. No había rastro de los
robots.
Todo estaba oscuro como las riberas de la laguna Estigia.
--¿Crees que los hemos sepultado? -balbució Donovan.
--Vamos a bajar. No me preguntes lo que creo.
Powell se arrastró hacia abajo, a toda velocidad.
--¡Mike!
Donovan se detuvo en el momento en que iba a seguirlo.
--¿Qué ocurre ahora? --¡Detente! -La respiración de Powell llegaba
ronca e irregular a los oídos de Donovan-. ¡Mike! ¿Me oyes, Mike?