--Estoy aquí. ¿Qué ocurre? --Estamos bloqueados. No fue el techo
que estaba a quince metros de nosotros lo que se vino abajo, sino el
nuestro. La sacudida lo ha derribado
--¡Cómo! -Donovan avanzó y se encontró con una barrera de tierra-.
Enciende.
Powell encendió. En ninguna parte había un agujero por donde
pudiese pasar una liebre.
--Vaya... ¿y qué hacemos ahora? -dijo Donovan en voz baja.
Perdieron algún tiempo y algún esfuerzo tratando de mover la
barrera que los bloqueaba. Powell trató de ensanchar los bordes del
agujero original y por un momento levantó su detonador. Pero sabía
que tan de cerca, una explosión hubiera equivalido a un suicidio.
--¿Sabes, Mike -dijo sentándose en el suelo-, que hemos armado un
lío? No estamos más cerca de saber qué le ocurre a Dave. Fue una
buena idea, pero nos ha salido al revés.
La mirada de Donovan delataba una amargura cuya intensidad se
perdía totalmente en la oscuridad.
--Sentiría ofenderte, muchacho, pero aparte de lo que sepamos o
ignoremos acerca de Dave, estamos en una trampa. Si no nos
liberamos, compañero, vamos a morir. "M-o-r-i-r", morir. ¿Cu nto
oxígeno tenemos, de todos modos? No más de seis horas.
--Ya he pensado en esto -dijo Powell, llevándose los dedos a su
sufrido bigote y tratando de levantar su inútil visor transparente-.
Desde luego, podríamos hacer que Dave nos saque de aquí
fácilmente en este tiempo, de no ser porque nuestra preciosa
jugarreta lo debe haber sepultado también con su radiocircuito.
--Lo cual no es muy risueño.
Donovan avanzó hacia la abertura y consiguió encajar en ella muy
justamente su protegida cabeza.
--¡Eh, Greg!
--¿Qué hay? --Supongamos que tuviésemos a Dave a seis metros.
Esto nos salvaría.
--Seguro, pero ¿dónde está? --Abajo, en el corredor. Pero, por lo
que más quieras, no sigas tirando de mí o me vas a arrancar la
cabeza de su soporte. Ya te dejaré mirar.