Woolworth y los semáforos. Miré hacia delante y traté de pensar qué demonios podía ha-
cer. Me ayudaron a cruzar la calle siguiente y casi me caigo tratando de subir a la acera.
De repente fui consciente de la vulnerabilidad de mi nariz y de mis dientes si llegaran a
entrar en contacto con el duro granito de las aceras de Porteneil a cualquier velocidad
levemente superior a una pequeña fracción de metro por segundo.
—Oye, yo y una de mis colegas hemos hecho carreras por los carriles de la Comisión
Forestal que hay en los montes a cincuenta por hora, derrapando por todas partes como
si fuera un circuito de carreras.
—Qué chulada.
Dios mío, seguían hablando de motos.
—¿A dónde lo llevamos? ¿A tu casa?
—A la de mi madre. Si aún está levantada nos preparará un té.
—¿Tu mamá?
—Sí.
—Vale.
Se me pasó por la cabeza como un flash. Estaba tan claro que no podía imaginar cómo
es que no me había dado cuenta antes. Sabía que no tenía tiempo que perder y no podía
dudarlo un instante —pronto iba a explotar— de manera que bajé la cabeza, me
desembaracé de Jamie y de la chica y salí corriendo calle abajo. Me escaparía; haría
como Eric para poder encontrar un lugar agradable y tranquilo en donde mear.
—¡Frank!
—Vamos, me cago en la puta, no jodas más, ¿qué quiere ese ahora?
La acera seguía bajo mis pies, que continuaban moviéndose más o menos como se
espera de ellos. Podía oír a Jamie y a la chica corriendo detrás mío, gritando, pero ya
había sobrepasado la vieja fábrica de serrín y el monumento a los caídos y estaba
cogiendo velocidad. Mi distendida vejiga no mejoraba las cosas, pero tampoco me lo
estaba poniendo tan imposible como temía.
—¡Frank! ¡Vuelve! ¡Frank, detente! ¿Qué te pasa? ¡Frank, estás loco, cabrón, te vas a
romper el cuello!
—Oh, déjalo que se largue. Se habrá escondido.
—¡No! ¡Es mi amigo! ¡Frank!
Giré en la esquina de Bank Street, esquivando por poco dos farolas, y me lancé por la
primera a la izquierda hacia Adam Smith Street para salir a la gasolinera de McGarvie.
Llegué patinando con los pies a la explanada de la gasolinera y me escondí detrás de un
surtidor, jadeando y eructando y sintiendo que se me salía el corazón. Me bajé los
pantalones y me acuclillé, apoyando mi espalda contra el surtidor de cinco estrellas,
respirando pesadamente al tiempo que el charco de humeante pis se iba acumulando en
los huecos del deteriorado suelo de cemento de la estación de servicio.
Resonaron unos pasos y apareció una sombra a mi derecha. Volví la cabeza y vi a
Jamie.
—Ahh... ahh... ahh —resoplaba sin aliento apoyándose con una mano en otro surtidor
para equilibrarse, pues se había inclinado hacia delante y se miraba los pies, y con la otra
mano en la rodilla, y el pecho inflándose y desinflándose—. Por... ahh... fin... ahh... por
fin... ahh... te encuentro. Fffguauu...— Se sentó en la peana de cemento que sostienen los
surtidores y se quedó mirando un rato el oscuro cristal de la oficina. Yo también estaba
sentado, con la espalda pegada al surtidor, soltando las últimas gotitas. Me desplomé
completamente contra mi espalda y me senté pesadamente en la peana, después me
levanté tambaleante y me subí los pantalones.
—¿Por qué lo hiciste? —me dijo famie, todavía jadeante.
Yo le saludé con la mano, luchando por ponerme el cinturón. Estaba empezando a
sentir nauseas de nuevo, y percibía descomunales emanaciones de humo del pub que
surgían de mi ropa.