A consecuencia de sus juegos y de sus riñas tenía el traje tan sucio y
tan roto, que la patrona solía llamarle el paje don Rompe Galas,
recordando un tipo desastrado de un sainete que doña Casiana vio,
según decía, representar en sus verdes años.
Generalmente, los que utilizaban con más frecuencia los servicios de
Manuel eran el periodista, a quien llamaban el Superhombre, para enviar
cuartillas a la imprenta, y la Celia y la Irene para el servicio de cartas y
de peticiones de dinero que tenían con sus amigos. Doña Violante,
cuando robaba a su hija algunos céntimos, solía mandar a Manuel al
estanco por una cajetilla, y por el recado le daba un cigarro.
-Fúmalo aquí -le decía-, no te verá nadie.
Manuel se sentaba sobre un baúl, y la vieja, con el pitillo en la boca y
echando humo por las narices, contaba aventuras de sus tiempos de
esplendor.
El cuarto aquel de doña Violante y de sus niñas era infecto; colgaban
en las escarpias clavadas en la pared trapajos sucios, y, entre la falta de
aire y la mezcolanza de olores que allí había, se formaba un tufo capaz
de marear a un buey.
Manuel escuchaba las historias de doña Violante con verdadera
fruición. Sobre todo, en los comentarios era donde la vieja estaba más
graciosa.
-Porque, hijo, créelo -le decía-, una mujer que tenga buenos pechos y
que sea así cachondona -y la vieja daba una chupada al cigarro y
explicaba con un gesto expresivo lo que entendía por aquella palabra, no
menos expresiva—-, siempre se llevará de calle a los hombres.
Doña Violarte solía cantar canciones de zarzuelas españolas y de
operetas francesas, que a Manuel le producían una tristeza horrible. Sin
saber por qué, le daban la impresión de un mundo de placeres
inasequible para él. Cuando oía a doña Violarte cantar aquello de El
juramento
Es el desdén espada de doble filo:
uno mata de amores; otro, de olvido...
se figuraba salones, damas, amores fáciles; pero más que esto, aún le
daban impresión de tristeza los valses de La Diva y de La gran Duquesa.
Las reflexiones de doña Violarte abrían los ojos a Manuel; pero tanto
como ellas colaboraban en este resultado las escenas que diariamente
ocurrían en la casa.
Era también buena profesora una sobrina de doña Casiana, de la edad
poco más o menos de Manuel, una chiquilla flaca, esmirriada, de tan
mala intención, que siempre estaba tramando complots en contra de
alguien.
La lucha por la vida I. La busca
24